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Hablar con extraños (Malcolm Gladwell)

El error está en suponer.
Aprender a escuchar para saber qué decir puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, entre el éxito y el fracaso. La confianza hará el resto.

La comunicación es para muchos, algo así como respirar o caminar. Un acto tan natural, que no necesita mayor entrenamiento. Pues resulta que muchos de los problemas que tenemos se deben a la mala forma en la que respiramos y también a la mala forma como caminamos.

Hay que aprender y entrenar el respirar o caminar adecuadamente para evitar problemas de salud y de la misma manera hay que hacer con la comunicación para disminuir los problemas en nuestras relaciones con los demás.

¿Por qué no me entiendes si es tan sencillo lo que pido?

Si comunicarse con alguien conocido, entender lo que me dice y que entienda lo que digo resulta mucho menos eficiente de lo que parece, imagine cuán complicado puede ser hacerlo con desconocidos.

Este es un tema abordado de manera interesante por el reconocido periodista y escritor Malcolm Gladwell, en su sexto libro “Hablar con extraños”.

Usando la habilidad y fluidez que le caracteriza, presenta lo que para él es un mundo en el que todos confiamos, en el que poco escuchamos y poco nos entendemos. Las consecuencias de esta forma de relacionarse llevan a las personas a situaciones dramáticas, con desenlaces que pueden ser fatales.

Hablar con extraños.

El autor va hilando a lo largo de su obra, anécdotas de la vida real para explicar cómo juzgamos a los extraños, cómo no detectamos el engaño, por qué solo algunos tienen la habilidad de detectarlo. 

Habla sobre cómo es que aprendemos patrones que nos hacen ver una realidad alejada de la propia realidad. Aborda lo que denomina la falta de transparencia de los extraños y como el alcohol puede hacer que las señales sean distorsionadas o mal interpretadas.

Finalmente deja claro que nos volvemos incapaces de juzgar bien a un extraño.

Entre estadísticas, ciencia e historias que soportan su posición este libro muestra una realidad que pocos advierten con facilidad.

Un juicio fatal.

Un inconveniente por una falta menor que termina con una muerte. Es una de las anécdotas con las que Malcolm Gladwell expresa cómo por no contar con la preparación y entrenamiento para poder juzgar lo que sucede, lo que se dice, un gesto, un acto, se llega a un terrible desenlace como un suicidio con una supuesta custodia policial.

Una joven de 28 años, comete una infracción de tránsito menor y el policía juzgó equivocadamente cada palabra, cada acción, como una bola de nieve creció de un pequeño problema hasta convertirse en una tragedia y todo por suponer.

Así puede terminar un encuentro entre extraños, todo se ve incrementado con lo que se digan los involucrados, si ambos no saben entender y como expresar lo que se necesita decir para llevar al mejor de los términos la situación.

¿Qué tan equivocados estamos?

Los seres humanos hemos desarrollado una capacidad increíble para juzgar y confiamos plenamente en ella. Si a lo que nos enfrentamos nos genera desconfianza hay que huir o luchar; de otro modo nos quedamos y nos relacionamos. Es un asunto de supervivencia, lo que antes nos servía para saber si un animal era peligroso y nos hacía huir, hoy nos sirve para tener la misma reacción en una conversación.

Lo cierto es que todos somos jueces. Cuando alguien nos pregunta la hora en el metro, juzgamos si es hostil o no, cuando vamos a hacer un trato, hacemos lo mismo, y es algo que hacemos muy rápido. No nos detenemos a pensar en muchas cosas, pareciera ser instintivo, aunque no lo es.

 

“Se suelen hacer juicios con muy poca información y quienes suelen engañar a otros lo saben, por eso crean el ambiente y las condiciones para lograr su cometido, engañar”.

 Hemos aprendido que cuando alguien no nos ve a los ojos cuando le hacemos una pregunta, está escondiendo algo y si se muestra incómodo, alterado, entonces nos está diciendo que es culpable. Pero ¿Si es un mentiroso entrenado, no cree que se mostraría confiado y nos vería a los ojos directamente? ¿Los códigos de las personas, esas señales que nos dan, son iguales para todos? Gladwell, deja saber que esas señales no son la verdad, no son suficiente para hacer un juicio y eso se evidencia perfectamente en una de las anécdotas del libro, en la que el autor narra lo sucedido con un experimento que realizó la psicóloga Emely Pronin.

Los códigos para entender el mundo.

El autor recurre a la reconocida serie Friends, que tiene un enorme poder de influencia sobre las audiencias, para explicar cómo aprendemos sobre los códigos que nos permiten entender a otros.  A Joey se le cae la mandíbula y se le abren los ojos cuando se sorprende; mientras que Ross, frunce el ceño y pone a medio cerrar los ojos cuando se molesta.

¿Esos gestos son de la realidad de la serie o de la vida real?

 

“Intentar entender a otros y juzgar cuáles son sus sentimientos solo con su comportamiento (en este caso sus gestos) resulta insuficiente, pero lo que la mayoría espera es que sea suficiente y casi siempre se equivocan”.

 Por otro lado, los gestos y expresiones, tienen un significado especial para grupos sociales específicos. Lo que un gesto significa para un americano puede ser incluso contrario para un japonés, razón por la cual no se puede medir a todos de la misma forma.

Todo es verdad a menos que se compruebe lo contrario.

Asumimos todo como verdad, a menos que las evidencias que digan lo contrario sean muy altas. En el libro, se relata el caso de Bernard Madoff, quien usando un sistema piramidal (Ponzi) estafó a grandes empresas y a muchos pequeños inversionistas en EEUU por 49 mil millones de dólares, engañó a casi todos. Dejó a muchas familias en banca rota, otros perdieron el dinero ahorrado para su vejez.

 

“Pocos escapan al engaño; pero afortunadamente existen individuos que han desarrollado la habilidad de cuestionar, de hacerse las preguntas adecuadas y generalmente esa habilidad ha sido producto de haber sufrido una experiencia similar”.

 

Las experiencias o la exposición a situaciones de engaños, producen en un reducido grupo de la población, una desconfianza saludable y en este caso Harry Markopolos, un investigador de fraudes que trabajaba por su cuenta, no le creyó a Madoff y lo había denunciado ante las evidentes inconsistencias matemáticas de las altas tasas de beneficios que ofrecía el estafador y lo que marcaba la realidad del mercado. Harry había estado expuesto al fraude y eso lo vacunó.

El riesgo de no ser transparente.

Un asesinato. Amanda Knox era la sospechosa ¿Por qué? Porque no fue transparente, ella, a diferencia de sus amigas en común con la víctima, no lloró, no hablaba con pena por lo sucedido, no se comportó como se esperaba, por eso estuvo presa.

Si alguien se entera del asesinato de una amiga ¿No es lo esperado que llore y se sorprenda y se muestre consternada? Eso es lo que se espera ¿Cierto? Así sería transparente, según quien hace la interpretación; pero ¿Expresan todas las personas sus sentimientos de la misma manera?

 

“Confiar es más cómodo para ser social que cuestionar, es más fácil, y esa confianza es una gran vulnerabilidad para poder hacer frente al engaño. Se puede caer en el engaño de creer que alguien es culpable, al confiar en la forma cómo se interpreta a los demás”.

 

“Hablar con extraños” muestra una interesante forma de entender como nos relacionamos y cómo eso afecta nuestras vidas y las de otros, para luego hacer los ajustes que necesitemos y mejorar como personas.

 

 

En este escrito expreso mis ideas y opiniones inspiradas en la obra “Hablar con extraños “de Malcolm Gladwell.

 

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