Written by reflexiones, semana

¿Es el ser humano haragán por naturaleza?

Si algo ha demostrado el confinamiento debido a la pandemia de coronavirus para muchos de nosotros, es el hecho de que no estamos hechos para la inactividad a largo plazo. Hay una diferencia fundamental: no es lo mismo que decidamos estar en casa a que nos obliguen a quedarnos en ella, y más aún si no podemos ver a nuestros seres queridos y se trata de un periodo de tiempo considerablemente largo.

Estamos acostumbrados al bombardeo de mensajes para alimentarnos bien, hacer ejercicio, dormir las suficientes horas y reducir el uso de tanta pantalla. Sin embargo, era la primera vez que los medios de comunicación nos pedían que nos quedáramos en casa. Eso sí, el ejercicio físico casero nunca estaba de más.

Así pues, y unido a nuestra responsabilidad individual para intentar controlar la propagación del virus, eso es lo que hicimos. Los primeros días no fueron tan duros como los siguientes, cuando muchos de nosotros comprobamos que el hacer poco o hacer menos que de costumbre, nos pasaba factura tanto física como psicológicamente.

Entonces, ¿por qué utilizar el coche en vez de andar al supermercado 10 minutos o por qué pedir comida a domicilio en vez de ir al restaurante? ¿Buscamos la inactividad o solo es una ilusión?

Descargas eléctricas

Un famoso estudio realizado por la Universidad de Virginia hace varios años dispuso a varios participantes en una habitación sin libros, ni distracciones, ni teléfonos móviles, únicamente unos electrodos conectados a sus tobillos. Parecía un momento perfecto para relajarse y vaciar la mente, excepto que no funcionó como podríamos imaginar.

Los participantes sabían que tenían a su disposición una tecla con la que podían recibir una pequeña descarga eléctrica, ya que se les mostró la misma antes de dejarles solos en la habitación. Por extraño que parezca y aunque a nadie le gusta recibir un calambrazo, el 71 % de los hombres y el 25 % de las mujeres de la prueba tocaron la tecla al menos una vez durante toda la prueba.

Es decir, parece que las personas preferimos electrocutarnos antes que aburrirnos, lo que pone de manifiesto algo muy curioso del ser humano.

Más allá de las bromas, podemos traducir los resultados de este estudio como algo muy interesante a nivel psicológico: las personas sabemos que necesitamos pasar por momentos difíciles, dolorosos o que requieren un esfuerzo considerable porque sabemos que eso nos va a llevar a la salud, el éxito personal o el cumplimiento de ciertos objetivos.

Si no fuera así, ¿por qué iríamos al gimnasio a correr durante una hora? ¿No sería más sencillo quedarse en el sofá y ahorrar nuestras preciadas energías?

Una mochila desde la infancia

Aprendemos el valor del esfuerzo desde pequeños.  El colegio, las tareas del hogar, las clases de música, los entrenamientos de fútbol… Con cualquier actividad que realizáramos de pequeños, entendíamos que todo esfuerzo tenía su recompensa, o teníamos nuestra expectativa dirigida directamente hacia ella.

Era imposible aprobar las materias de la escuela sin el esfuerzo del estudio, como tampoco era posible contentar a nuestra familia y a nosotros mismos sin haber pasado horas limpiando nuestro cuarto, tocar un instrumento decentemente sin la práctica diaria necesaria o aguantar corriendo más de media hora sin haber entrenado durante meses en nuestro equipo de fútbol.

Conforme crecemos, esta sensación de esfuerzo y recompensa se traslada a otros ámbitos de la vida tanto personal como profesional. Las cosas no nos proporcionan tanta satisfacción si no hemos peleado por ellas. Si nos dan todo hecho, es mucho más que probable que nos sintamos vacíos y que necesitemos algo más.

El afán de superación y del aprovechamiento del día mediante tareas que consideremos productivas es tremendamente beneficioso para nuestra mente. Irse a la cama con una sonrisa después de haber aprendido o realizado aquello que queremos construir en nuestro día a día es una de las mejores sensaciones que tenemos. Y si a esto le añadimos la actividad física, con todos los beneficios tanto físicos como psicológicos, estaremos sin duda haciendo uso de todo nuestro potencial.

Productividad y autoexplotación

Considerarnos como personas productivas tiene una trampa. Nuestra sociedad actual funciona muy deprisa. Necesitamos aprender mil cosas nuevas que se quedan anticuadas en pocos meses, recibimos una sobrecarga constante de información mediante nuestros dispositivos móviles y el trabajo como autónomo nunca ha sido tan fácil de realizar (algo que muchas empresas y trabajadores están comenzando a visualizar después de la pandemia pero que en muchas ocasiones no se está haciendo bien).

No hay nada de malo con echarse en el sofá un par de horas cada día, de disfrutar de un fin de semana de jardinería, o de realizar un pequeño viaje a 200 kilómetros cuando tenemos algo pendiente que hacer. Es más, es necesario.

No obstante, la actividad frenética de nuestro mundo nos lleva en numerosas ocasiones a desdeñar la necesidad de descansar y de reponer fuerzas. A veces, llegamos a imaginar nuestro merecido tiempo de descanso como una derrota personal. «Podría estar acabando este proyecto o haciendo más ejercicio y estoy aquí echado sin hacer nada».

Esta autoexplotación es muy característica de los años 10 y 20 del siglo XXI, cuando la inestabilidad laboral después de la crisis financiera de 2009 obligó a muchas personas a encontrar una vía alternativa para ganarse la vida mediante el emprendimiento. Todo ello también derivado de una mayor competencia en los más escasos puestos de trabajo y la necesidad de adquirir nuevas habilidades para poder optar a ellos.

Tener un ritmo y una rutina en la vida es importante. Tener planes cuantificables de futuro a corto y medio plazo se ha demostrado como una herramienta psicológica de gran importancia, ya que mediante nuestro esfuerzo estamos alcanzando objetivos que nosotros mismos hemos marcado. Nuestros pequeños frutos.

Dicho esto, tenemos que dejar de lado el concepto del descanso y del «no hacer nada» como si fuera un tiempo perdido, ya que irónicamente, el no hacer nada nos permite hacer mucho más cuando retomamos nuestro trabajo diario.

No somos holgazanes por naturaleza, pero ser perezosos de vez en cuando es algo tan humano como la actividad y el arduo esfuerzo necesario para alcanzar nuestros sueños.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
https://www.bbc.com/future/article/20200602-are-human-beings-naturally-lazy

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