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La soledad antes y después del COVID-19

La soledad ha sido y es otra de las pandemias que, a diferencia del COVID-19, pasan más desapercibidas en nuestra sociedad actual. Caracterizada por la falta de contacto social y en muchas ocasiones por la imposibilidad de la misma, ya sea debido a salud, escasez de tiempo libre, lugar de residencia o muchos otros factores, sigue siendo algo que no parece tener una solución tangible a corto plazo.

Decisión contra imposición

Todos hemos hablado del confinamiento con nuestros amigos, familiares o vecinos y hemos podido coincidir finalmente en un factor que resulta determinante para definir la soledad: la imposición de no poder ver a los nuestros es lo que a grandes rasgos nos afecta como seres sociales que somos.

Pensemos por ejemplo en una situación muy clara para poder apreciar esta diferenciación. Nuestro protagonista de este pequeño ejemplo es una persona que decide desconectar un par de semanas del ruido de la vida cotidiana, realizando un viaje a otro país (normalmente exótico en referencia al país de origen) y viviendo varios días en entornos no acostumbrados. Es posible que incluso escriba varias memorias, sentimientos y realice cierta introspección que le ayudará en su vuelta.

En esta situación, lo importante es que esta persona ha tomado la decisión de apartarse de todo, de perder el contacto, de renovar y de respirar. En contrapartida, la pandemia del coronavirus y el confinamiento por los gobiernos nos ha obligado a permanecer en situaciones que, aunque no nos hayan dejado en la soledad más absoluta a algunos (desgraciadamente, ha sido el caso de muchos), nos ha dado un atisbo del lastre que resulta una falta de contacto interpersonal impuesta.

Lo oportuno de haber vivido una situación como esta es que, si tenemos la suficiente voluntad y empatía, podemos sentir una parte minúscula de lo que por tristeza sienten millones de personas en todo el mundo, antes y después del COVID-19. Son casos particularmente altos en personas de edad más avanzada, por lo que en algunos países existen programas específicos para atajar este problema. Un problema que será necesario atender cada vez más conforme pasen los años debido al aumento generalizado de la población en edad avanzada. Se trata de la generación del baby boom o los llamados boomers.

Macondo, entre el mundo ficticio y el mundo real

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez (1927-2014) contaba una historia que nos recuerda en parte a la situación ocasionada por el confinamiento. En la novela, una niña enferma se muda a casa de unos familiares y poco después, toda la población del ficticio pueblo de Macondo acaba infectada. Finalmente, un visitante de nombre Melquíades traía una cura contra la enfermedad, un brebaje que pone fin a la peste. Una diferencia importante es que, en el libro, los habitantes se confinaban voluntariamente en sus domicilios para evitar contagiar a las personas sanas y que también perdieran la memoria, el cual era el efecto de dicha peste.

Aunque Macondo sea producto de la maravillosa mente del escritor, nos retrotrae a aquellos días de soledad y aislamiento. En muchas ocasiones, las obras ficticias son inspiradas por sucesos reales y a su vez, las obras ficticias inspiran a la propia realidad, en una danza interminable y retroalimentada.

Si analizamos la «realidad» de la historia (y lo pongo entre comillas porque es muy difícil asegurar al cien por cien que algunos sucesos ocurrieron tal y como los tenemos aceptados), podemos observar reacciones parecidas ante una pandemia o una nueva enfermedad. La desinformación ocasionada por sus efectos, el miedo, la discriminación hacia los cuidadores, teorías de la conspiración, la naturaleza de la pandemia (que en tiempos antiguos podía ser achacada a un castigo divino) y el resurgimiento de medidas populistas fueron tan normales como la vida misma. ¿Nos recuerda a algo?

Sin embargo, es la primera vez en la historia que estamos tan conectados gracias a las redes sociales y a las tecnologías de comunicación. ¿Cómo ha sido enfrentarse a la soledad con todas estas herramientas disponibles al alcance de la mano?

Soledad, pandemia y nuevas tecnologías

Al igual que hemos experimentado el lastre de la imposibilidad de ver a nuestros seres queridos en persona, en contraposición a una soledad autoimpuesta en momentos breves de nuestra vida, también hemos apreciado de verdad el efecto que tiene en nosotros no poder mirar a los ojos de la otra persona sin una pantalla de por medio.

Quizás se nos ha olvidado que el ser humano es «tan» social. Acostumbrados a las redes sociales y a una época de individualismo cada vez más acentuado, muchas personas dieron por hecho que la comunicación con las nuevas tecnologías podía funcionar ya no tanto como un sustituto, pero quizás sí como una solución temporal que alargábamos cada vez más.

La falacia de esta última afirmación se ha demostrado hace muy poco. El confinamiento no es natural, nuestro cerebro está programado para la interacción social, nuestro desarrollo se basa en la conexión con otros seres humanos. La falta de ello provoca efectos negativos en la salud: enfermedades cardiovasculares, aumento del estrés, aumento de la ansiedad y otros desórdenes de origen psicológico o neurológico.

En definitiva, hemos derrumbado la noción de que podemos ser sociales dependiendo casi exclusivamente de las pantallas. Sí, es cierto que algunas personas pueden afrontar un confinamiento en solitario mucho mejor que otras, pero el mensaje debería quedar claro para todos nosotros: necesitamos conectar los unos con los otros más que nunca, necesitamos desarrollar la empatía y cooperar para elevarnos aún más como especie.

Como cuenta el psicólogo estadounidense Adam Alter en su libro Irresistible, existe una crisis de carácter social y moral oculta en la revolución tecnológica: nuestra adicción a las pantallas está estropeando tanto nuestras aptitudes a la hora de socializar como nuestra concentración. Como nos ha demostrado el coronavirus, si dependemos únicamente de las pantallas para alejar la soledad de nuestras vidas, no tendremos más que un efecto placebo. Y el efecto placebo, como todos sabemos, es de carácter temporal, algo que deberemos tener muy en cuenta una vez la vacuna del COVID-19 nos asegure poder volver a socializar de manera segura.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
https://time.com/5866314/robyn-davidson-lockdown-solitude
https://www.nytimes.com/es/2020/06/24/espanol/opinion/covid-garcia-marquez-peste.html

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