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Canto a mí mismo, de Walt Whitman

La obra poética de Walt Whitman es un tesoro de la Humanidad, y en particular el más popular segmento de su libro “Hojas de hierba”. Esta nota no es un análisis crítico, sino un intento por explicar por qué sus palabras perduran y cómo todavía afectan a los lectores, más un conjunto de ideas para quienes deseen adentrarse al mundo poético del escritor estadounidense.

“Canto a mí mismo” es el trabajo más famoso de Whitman, y uno de los doce segmentos originales incluidos en la edición de “Hojas de Hierba” en 1855. En él, se puede apreciar la sensibilidad del poeta, que nos ubica en su misma piel y nos cuenta su (nuestra) biografía a través del sermón poético, la meditación y el amor a los humanos y a la naturaleza.

Whitman era un transcendentalista, y es importante conocer un poco de esta corriente filosófica para entender la obra del poeta. El transcendentalismo es un movimiento con un nombre difícil de pronunciar (y de escribir) pero que en realidad tiene ideas muy sencillas: la gente es buena por naturaleza, y la culpable de la corrupción es la sociedad y sus instituciones.

Por lo tanto, hombres y mujeres por igual tienen un conocimiento inherente sobre el mundo (y sobre sí mismos) que trasciende, es decir que puede ir más allá de los sentidos primarios. Dicho conocimiento se adquiere por la imaginación y la intuición, dos herramientas propias del arte que deberían trascender para guiarnos y dar forma al universo.

Los transcendentalistas no creen en la lógica ni en ningún tipo de autoridad más que la propia. Por eso rechazan las religiones o la política institucionalizada. Y si todo esto nos recuerda a movimientos más actuales, como el hippismo, es porque están íntimamente relacionados. El transcendentalismo, un movimiento propio de los Estados Unidos, han extendido sus raíces en la obra de Whitman, y a través de ella nos llega y nos interpela en nuestro presente.

En “Canto a mí mismo”, el poeta toma el transcendentalismo para acentuar al individuo, al Yo como persona específica que se funde en un Yo abstracto. Desde allí, Whitman le canta a la naturaleza, que es el Hombre mismo, y explora las infinitas posibilidades de comunión entre las individualidades. No hay humanos inferiores o superiores, personas que sepan más o menos, porque dentro del Yo está todo. Lo que uno asume también lo asumirá el resto.

En un segmento del poema, un niño le pregunta al narrador qué es la hierba, y el narrador se ve obligado a explorar su propio uso del simbolismo y su incapacidad para descomponer las cosas en principios esenciales. Los ramos de hierba en las manos del niño se convierten en un símbolo de la regeneración de la naturaleza, pero también son un material común que une a personas dispares en todo el mundo: la hierba, el símbolo máximo de la democracia, crece en todas partes.

Tras la Guerra Civil en Estados Unidos, por ejemplo, a Whitman la hierba le recuerda a las tumbas ya que también se alimenta de los cuerpos de los muertos. Todo el mundo debe morir, y por lo tanto las raíces naturales están en la mortalidad.

El mismo comienzo del poema es sin dudas ilustrativo al respecto:

“Indolente y ocioso convido a mi alma,

Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.

 Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,

Nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,

Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,

Y espero no cesar hasta mi muerte.

Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás;

me sirvieron, no las olvido;

Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,

Naturaleza sin freno con elemental energía”.

 

Esta última frase, “naturaleza sin freno con elemental energía”, nos remite una vez más al hippismo, y por extensión a los amantes de la naturaleza. Todo quien ame lo natural y se haya sentido alguna vez uno con el mundo entenderá a Whitman. Su influencia es tan poderosa que llega a nuestros días incluso en la forma de sentido común. Y su simpleza hace que todos nos sintamos parte de la literatura, y lo más importante: que la literatura sea parte de todo y de todos.

La traducción de Jorge Luis Borges

Una mención aparte merece el trabajo de traducción al español que hizo Borges. Son conocidas las dificultades que enfrenta cualquier traductor al acercarse a un poema, máxime de esta dimensión e importancia. Pero Borges no es un traductor cualquiera, sino un gran escritor y un profundo conocedor del idioma inglés. Al igual que con la traducción de Julio Cortázar de los cuentos de Edgar Allan Poe, esta es una de esas raras excepciones en las que una traducción está al nivel del original, y hasta podría decirse que resulta más interesante. Whitman es grandioso, pero Whitman junto a Borges es directamente una maravilla.

En una entrevista, Borges habla sobre su admiración hacia el poeta norteamericano y dice: “he señalado que Whitman es quizás el único escritor en la Tierra que ha logrado crear una persona mitológica de sí mismo, y una de las tres personas de la Trinidad es el lector, porque cuando lees a Walt Whitman, eres Walt Whitman”.

 Esa sensación de unidad que menciona Borges, y que tan bien ha trasmitido en su traducción, es una de las claves para entender por qué el libro sigue fascinando hoy en día. Es una obra recomendable para leer cada noche antes de dormir, o para llevarse en la mochila durante un viaje a la naturaleza. De cualquier forma, nadie sale indemne luego de haber leído “Canto a mí mismo”.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
https://www.britannica.com/topic/Song-of-Myself
A Conversation With Jorge Luis Borges, en https://artfuldodge.spaces.wooster.edu/
Whitman’s Poetry, en https://www.sparknotes.com/
What Borges Learned from Whitman, en https://ir.uiowa.edu/

 

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