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El Covid-19 y su amenaza a la gente sin techo

Mucho tiempo antes de que la actual pandemia de coronavirus Covid-19 comience su avance global, las personas en situación de calle se encontraban en condiciones de extrema vulnerabilidad. Sus carencias sanitarias sólo lograron aumentar las consecuencias fatales de contraer el nuevo y contagioso virus. En aquellos países en los que el acceso a una atención hospitalaria de calidad se correlaciona con el poder adquisitivo del individuo, la situación de las personas sin hogar es crítica. Lamentablemente, las devastadoras consecuencias económicas que la pandemia acarreará a largo plazo en todo el mundo aumentará el número de personas que se encontrarán en la difícil posición de tener que vivir en la calle.

De acuerdo a una investigación realizada conjuntamente por las universidades norteamericanas de Pennsylvania, Los Ángeles y Boston, las personas que no cuentan con un techo propio tienen el doble de chances de ser hospitalizadas por contraer el virus Covid-19. Aún más lamentable es la estadística que arroja este estudio la cual indica que son cuatro veces más propensos a recibir cuidados intensivos y tienen hasta tres veces más posibilidades de morir que un paciente regular. Cuando todos estos factores se analizan teniendo en cuenta que medio millón de estadounidenses se encuentran sin un techo sobre sus cabezas, la situación es desesperante.

Esta investigación también aporta un dato significativo sobre la edad promedio de la gente sin techo en Norteamérica: la mayoría de ellos tienen entre 50 y 55 años. Debido al índice de fatalidad que posee el Covid-19 en aquellas personas de edad avanzada, la vulnerabilidad de este grupo etario que vive a la intemperie y en precarias condiciones sanitarias se incrementa exponencialmente. A diferencia de las mujeres y los niños, los refugios gubernamentales para los ancianos varones no cuentan con habitaciones individuales, lo que evita un aislamiento adecuado que impida que el contagioso virus amenace directamente sus delicadas condiciones de salud.

Lógicamente, las personas que viven en la calle no tienen la posibilidad de llevar a delante una cuarentena efectiva ya que no cuentan con un espacio físico para hacerlo. Muchos de ellos se ganan el sustento diario a través de pedir limosna a extraños, por lo que las posibilidades de contagio aumentan considerablemente. Teniendo en cuenta que sus condiciones sanitarias y de higiene son usualmente descuidadas (muchas veces de manera involuntaria), esto conlleva a una mayor vulnerabilidad de contraer el virus.

A tan solo un mes de comenzar el otoño en los EEUU, la necesidad de las personas que no cuentan con vivienda propia de buscar pasar el frío nocturno en un refugio estatal solamente incrementa sus posibilidades de contraer la enfermedad. Por otro lado, debido al cierre forzado por la cuarentena de comedores comunitarios y otros espacios que le brindaban ayuda a las personas sin hogar ha incrementado sus ya de por sí precarios accesos a una alimentación básica.

Tal como era de prever, las personas de color en situación de calle deben añadirle al peligro de contraer el Covid-19 una segregación en la atención que obtienen de los servicios de salud. Ann Oliva, colaboradora del Centro para Presupuesto y Prioridades Normativas de Washington, se encuentra trabajando junto a otras organizaciones para concientizar a los servicios de emergencia de cada estado y municipio sobre cómo lograr una mayor equidad racial a la hora de distribuir la ayuda dirigida a la gente sin techo. Mediante una serie de guías, Oliva le ofrece a cada comunidad un marco de referencia para que éstas dispongan de los elementos necesarios que ayuden a la población indigente a enfrentar la pandemia, independientemente de su color de piel.

En otras partes del mundo, la situación de la gente sin techo comienza a deteriorarse rápidamente. A principios de marzo, el gobierno británico le otorgó a cada distrito £3.2 millones de libras esterlinas para que sus hoteles alberguen a los indigentes locales. Sin embargo, los fondos gubernamentales no son ajenos a la crisis económica producida por la pandemia y se cree que el plan de extender este plan por 12 meses más no pueda concretarse. Pero, mientras los países más desarrollados pueden destinar grandes sumas de dinero para ayudar a sus indigentes durante la actual pandemia, las economías de las regiones sub-desarrolladas no cuentan con los fondos ni la infraestructura adecuada.

El Centro para la Prevención y Control de Enfermedades (CDC) recomienda que aquellos grupos de personas sin techo que acampan en espacios públicos permanezcan en estos sitios. Sin embargo, en varias ciudades de Canadá las autoridades permanentemente obligan a estas comunidades a abandonar sus asentamientos. Esto los coloca en una situación de mayor riesgo de contraer el virus al tener que dispersarse en otras áreas de la sociedad, además de cortar sus relaciones con los proveedores de servicios hospitalarios.

Es común que, debido a la falta de recursos y una política sanitaria adecuada, en los países del tercer mundo se aloje a las personas en situación de calle dentro de galpones en donde conviven hacinados. Además de convertirse –tal como ha sucedido innumerables veces- en un ambiente ideal para que las personas se contagien del virus, en estos lugares no faltan los robos ni las discusiones. Muchas de estas personas dependen de las limosnas o los trabajos esporádicos para subsistir, ambos incompatibles con las limitaciones ocasionadas por el distanciamiento social.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que el acceso a una vivienda digna es una necesidad básica que debe ser contemplada por todos y cada uno de los países que integran las Naciones Unidas. La pandemia de Covid-19 demostró que los gobiernos de estos países tienen la capacidad de otorgarles a sus habitantes en situación de calle una solución a su problema. Si bien las autoridades gubernamentales destinan fondos y recursos para paliar esta problemática, los resultados demuestran que éstos todavía son insuficientes.

Teniendo en cuenta que todavía faltan varios meses para que la ciencia desarrolle una vacuna efectiva, el resurgimiento de casos positivos en todo el mundo y las consecuencias económicas que derivan de la epidemia dificultarán aún más la apremiante ayuda que este sector olvidado de la sociedad se merece. Por una cuestión moral, los gobiernos de cada país deben cumplir con la obligación de proteger la vida de su población sin distinción de raza o posición social.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
Shelter from the Storm. (https://partners.time.com/)
State of Homelessness: 2020 Edition. (https://endhomelessness.org/)
6 reasons why displacing the homeless must stop, regardless of COVID-19. (https://theconversation.com/)

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