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La migración a una educación online debe reducir los costes

Lejos de vislumbrar un final cercano para la pandemia, los sistemas educativos del mundo han requerido adaptarse recurriendo a un sistema improvisado de enseñanza online. Los problemas económicos que surgen en esta situación son dos: las familias están más empobrecidas y los costes de la enseñanza permanecen iguales.

Incluso en países con una educación pública totalmente gratuita, existen gastos importantes por estudiar, tanto directos como indirectos. Ya simplemente el pago de la conexión a internet y en algunas familias la falta de dispositivos como tablets, ha supuesto una gran diferencia entre cómo afecta una crisis como la del COVID-19 a las clases sociales menos pudientes.

Estados Unidos paga un alto precio

Los costes educativos en Estados Unidos suponen una alta carga para el estudiante que, en muchas ocasiones, generan una deuda que deben devolver durante largos años. Si esta deuda era ya difícil saldarla cuando la economía no había caído lastrando un paro altísimo, imaginemos la situación de muchos estudiantes que se enfrentan al fin de su carrera en un mundo azotado por la pandemia.

Muchas familias se han encontrado con un caso parecido al de Chapman University en California. En agosto de 2020 se tomo la decisión de trasladar la educación a un sistema remoto para el siguiente otoño. Ellos aseguraban que el aprendizaje sería siendo una «experiencia robusta». Sin embargo, las familias no están de acuerdo. «¿Qué tal un reembolso robusto?», decía Christopher Moore en Facebook, un estudiante de la universidad.

El pago de las universidades en Estados Unidos puede llegar a ser astronómico (en Chapman rondan los 65.000 $ al año). Si ya existía un clamor popular contra el alto coste de la educación en el país, las clases online no han hecho sino agravar esta protesta.

El cambio en el paradigma educativo no puede recaer únicamente en los estudiantes. Un estudiante no puede pagar la misma cantidad por seguir el curso desde su casa, o remotamente desde cualquier otro sitio, lo mismo que si estuviera acudiendo a la universidad, recibiendo educación presencial, haciendo uso de las instalaciones y del material, etcétera.

Las familias y los estudiantes no han pagado por un servicio remoto, sino por todo aquello que supone una educación presencial, con todos los añadidos que esta incluye. Es por eso por lo que se exigen cuotas reducidas y ayuda financiera con relación a una disminución de los servicios efectivamente prestados.

Un ejemplo de esta protesta ha ocurrido en Rutgers University, donde más de 30.000 personas han firmado una petición creada en julio para la eliminación completa de las tarifas y la reducción en un 20 % del coste de la matrícula. En Carolina del Norte, 40.000 personas exigían el reembolso del alojamiento. En el Ithaca College, se mandaron más de 2.000 peticiones relacionadas con los gastos educativos.

Algunas universidades han accedido a adaptar sus finanzas a esta nueva tesitura, pero otras se han resistido más, argumentando que los costes de una educación superior realizada de forma remota son incluso mayores. Sea como sea, los estudiantes van a ser de nuevo los más afectados.

Diferentes clases sociales, diferentes oportunidades

En países como en España, donde la educación pública es mayoritariamente gratuita, el confinamiento puso de manifiesto la gran diferencia que existe entre las clases sociales. Las familias con bajos recursos han tenido mayores problemas para adaptarse a un sistema educativo a distancia que aquellas más pudientes.

Las familias con ingresos más bajos no han podido adaptarse eficientemente a las clases donde se requería una tablet o un portátil para funcionar mejor. Las tablets en la educación son cada año más importantes debido a las apps específicas diseñadas para el aprendizaje, algunas privadas y otras provenientes de las mismas instituciones.

Pero no todo es una escasez material. Estas familias han encontrado un problema añadido. Antes de la pandemia, ya les era difícil conciliar la vida laboral con la vida familiar en un mercado laboral que cada vez era más exigente en horarios y con sueldos más ajustados. Para ellos, era impensable contratar personal de apoyo para cuidar a los niños y tenían que realizar malabares para poder compaginar ambas cosas.

Si a todo esto le añadimos la gran caída en ingresos de muchas personas durante el confinamiento, algunos de ellos han tenido graves problemas para los gastos básicos, como la conexión a internet mensual o el mismo pago de la electricidad (aunque el gobierno de España prohibió los cortes de suministros básicos para paliar esta situación).

El coste de la educación online

Algo sencillo de entender es que la educación online no puede tener los mismos costes que la educación presencial, al igual que los gastos inherentes a la actividad dentro de una empresa no puede recaer en su totalidad en el trabajador.

Una pregunta que recientemente se han hecho los trabajadores cuando han tenido que trabajar desde casa es la siguiente: ¿tengo que pagar yo todos los gastos extra? Algunas empresas han negociado los suministros básicos, conexión a internet, llamadas y demás costes. Otras se han mostrado más reticentes al estar ellas mismas en la cuerda floja. Recordemos que muchas empresas no han podido volver a abrir después del confinamiento.

En la educación nos encontramos con una situación similar. Como dice Will Andersen, un joven estudiante de 18 años en la Universidad de Wisconsin-Madison de Estados Unidos: «¿quién quiere pagar 25.000 dólares al año por un Skype glorificado?» No le falta razón.

Toda crisis, por muy dura que sea, presenta oportunidades para realizar cambios que de otra manera quizás hubiesen sido mucho más difíciles. La educación no es una excepción. Tenemos que analizar como sociedad las oportunidades educativas que estamos ofreciendo a los más jóvenes y a los no tan jóvenes, y ofrecer una alternativa real para poder estudiar a distancia.

Lo que no tiene sentido es que un estudiante necesite desembolsar una cantidad por una educación autodidacta o remota, lo mismo que si estuviese haciendo uso de todas las instalaciones de la institución educativa. Es necesario repensar cómo queremos aprender y cómo podemos hacer que todas las capas de la sociedad accedan a la educación, porque es nuestra mejor inversión para el futuro.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
https://www.nytimes.com/2020/08/15/us/covid-college-tuition.html

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