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El país del viento, Sylvia Iparraguirre

El viento sopla y acaricia las hojas de los árboles, le dan movimiento a las aguas del extremo sur del continente americano, la tierra del fuego, Patagonia argentina será el escenario ideal para narrar las aventuras de los personajes de la obra.

sylvia

El país del viento es la segunda entrega de una serie de asombrosas aventuras ficticias escritas por Sylvia Iparraguirre, quien aunque desenvuelve las maratónicas trama de sus personajes en contextos ficticios, la verdad es que se ve inspirada por acontecimientos históricos reales.

Siendo la continuación de su antecesor en el año 2003, queda en manifiesto que la novela no busca enfatizar el protagonismo de los personajes, historias, relaciones o actividades, sino que el lugar, es el protagonista real.

Es por ello que sus predecesores también narran historias situadas en las tierras de la Argentina patagónica, un sur narrado exquisitamente con alto nivel de énfasis en los detalles naturales y geográficos.

Un lugar mítico y lleno de mucho misterio, solo representa el sitio ideal para que Iparraguirre desentrañe toda una serie de elementos literarios absorbentes dentro de la narrativa, donde lo real se entrelaza con lo mágico.

Épocas en contexto

En el libro, el lugar podría resultar el verdadero protagonista de toda esta serie de libros, aunque cuenta con personajes cabales y aventureros, la verdad es que en toda la serie solo la tierra de fuego perdura como un elemento incambiable.

El tiempo en definitiva es quien marca la dirección de la aventura, vemos como desde que se inició la serie el tiempo viene a ser el mejor amigo del lugar. En el país del viento, se narran las aventuras de los personajes situándolos en algún punto del tiempo; pero con épocas muy bien marcadas, como los años 50s, 70s y 80s, teniendo como punto y final 1995.

En pocas palabras, la narrativa se enfrasca en tomar un arco de historias temporales que sitúan al lector en la mitad del siglo XIX hasta finales del siglo XX.

En este punto es imposible no halagar el grado de descripción de cada una de las aventuras suscitadas en este pequeño libro con tan solo 158 páginas, pues, aunque resulte fácil escribir 158 páginas, para un escritor sintetizar todo el contenido de una obra activa narrativamente puede ser muy difícil.

Cuestión que la autora logra dominar a cabalidad, contar cuentos en la actualidad aún sigue atrayendo a más de uno, forma parte de nuestro ciclo social, ese afán por conocer cosas nuevas, incluso contarlas; exagerando ligeramente puede ser el punto que Iparraguirre tomó a su favor.

Naturaleza y soledad

Situándose a inicios de la trama en las Islas Malvinas, específicamente en el Cabo de Hornos, Patagonia, es un escenario que muestra el esplendor natural de su geografía, donde las historias y aventuras de algunos personajes liberados por el tiempo afrontan su destino.

Durante este cuento los espectadores se podrán ver atrapados por las acciones de náufragos, marineros y buscadores de riquezas, quienes al verse en el extremo más sur del continente es evidente que se enfatice la soledad como un recurso ineludible; donde los personajes deberán luchar contra los misterios encerrados en el “borde del mundo”.

La autora hace un esfuerzo por hacer que durante el trascurso del arco temporal el escenario se mantenga mítico, solitario, perdurable y a través del mismo, guardando secretos y anécdotas de todas las personas que han pasado por él.

No solo la tierra traerá consigo sus aventuras, también el mar desentrañará un cúmulo de desafíos por el cual los personajes deberán transitar para lograr sobrevivir.

Relatos ficticios y su relación con la realidad

Para Sylvia Iparraguirre hacer entrar cada una de sus aventuras en contexto fue una gran experiencia, no hubo otra mejor forma de hacerlo que acentuarlas en escenarios narrativos que realmente sucedieron en algún momento determinado.

Como es el caso de la historia del El Naufragio del Monte Cervantes, Julio Popper y su Lavadero de Oro del Sud y el traslado del presidio de San Juan del Salvamento, haciendo énfasis en algunos detalles de los mismas.

Sin embargo, el profundo tratamiento de la autora a cada uno de los personajes y las aventuras que estos realizan, para nada asoma una posible adaptación de hechos reales; solo es un tipo de inspiración que supo manejar muy bien.

“En estos cuentos, enraizados en la gran tradición literaria del Río de la Plata y en los que se escuchan los ecos de Mark Twain y Jack London, Sylvia Iparraguirre muestra el esplendor del oficio de narrar deslumbrando al lector (…)” fragmento de la contratapa del cuento.

Muchos lectores aseguran que a pesar de que es un cuento muy corto, la destreza mostrada en cada uno de los párrafos, solo demuestra las habilidades de una mujer que se enfoca muy bien en describir detalles y buscar formas de mantener a los lectores unidos a la trama.

De por sí, la conjetura la da el lugar, y la autora parece sacar provecho de ello. Tomar un punto fijo, como en este caso es la Patagonia en Argentina, muestra todas las opciones narrativas con la cual un autor puede darle continuidad a sus obras, sin necesidad de aferrar la trama a un personaje que ineludiblemente dejará de existir en algún punto.

Como fin este cuento de ficción resistió la tentación de desplazarse a los hechos reales, aferrándose a la magia que todos queremos leer en un cuento de aventuras.

Su trayectoria la define como una mujer perspicaz

Sylvia Iparraguirre, es una muy reconocida profesora, investigadora y escritora argentina, quien desarrolla su cátedra de letras modernas. Además, pertenece al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de su país desde el año 1982.

En su carrera literaria ha participado y escrito múltiples obras, destacándose así en la escritura de cuentos, que hasta la fecha han sido traducidos al inglés, holandés y alemán, formando parte de una serie de antologías argentinas.

Actualmente, desarrolla su profesión en el  Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras, donde sigue desarrollando proyectos de investigación además de impartir estudios de postgrado, sin lugar a dudas, terreno idóneo para seguir cultivando nuevas narrativas.

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