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¿Existe el arte falso?

En el mundo del arte hay piezas consideradas auténticas, y por lo tanto valiosas, y otras denominadas falsas, es decir que carecen de valor. Pero ¿cuáles son los verdaderos límites? ¿Existe una manera de diferenciar una obra real? Y en especial: ¿no es similar el talento y la destreza de los falsificadores a la de los grandes artistas?

Hace poco tiempo un historiador de arte reveló que la colección de un museo ubicado al sur de Francia era casi en su totalidad falsa. Luego, el museo convocó a un panel de expertos para que examinara la colección, y así se determinó que que 82 de las 140 obras del museo eran falsificaciones. Pero este es solamente un caso entre muchos.

También pasa lo contrario: la semana pasada, por ejemplo, un museo británico admitió que uno de sus cuadros de Rembrandt, considerado falso durante 40 años, era auténtico. Se trata del cuadro “Cabeza de hombre con barba”, legado al Museo de Oxford en 1951 y removido en 1982, cuando una investigación determinó que la obra era falsa. Estudios más avanzados finalmente confirmaron que la autoría era del maestro flamenco.

Según un informe publicado por la agencia AFP, un experto suizo de nombre Yann Walther afirma que que el 50% del arte que circula en el mercado es falsificado. Entonces, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿realmente importa si una obra es auténtica o no? ¿Por qué todavía prevalece la idea de la importancia del autor? ¿Es porque el mercado del arte así lo impone?

El arte de las falsificaciones

En su libro “The Art of Forgery”, Noah Charney dice que, en principio, hay un móvil económico que fomenta el arte falso. La mayor parte del valor de mercado de un objeto de arte está ligado a la historia relacionada con él, por lo que una falsificación conocida, con su propia historia convincente sobre cómo fue creada y cómo engañó a los expertos, también puede tener valor.

Charney, fundador de la Asociación para la Investigación de Crímenes contra el Arte, cuenta cómo un Miguel Ángel adolescente comenzó en el siglo XV a falsificar antigüedades para coleccionistas del Renacimiento, estatuas valiosas porque se creían antiguas se volvieron inútiles cuando se revelaron como falsificaciones, y volvieron a ser valiosas cuando los propietarios se dieron cuenta de que eran de Miguel Ángel.

Sin embargo, los motivos económicos no son los únicos. Muchos falsificadores buscan reconocimiento por sus habilidades reales y su esfuerzo para crear obras propias. Incluso muchos quieren ser atrapados o descubiertos para encontrar ese reconocimiento.

El ejemplo de Lothar Malskat es bastante ilustrativo. Malskat fue contratado en Alemania para restaurar pinturas medievales dañadas por bombas de la Segunda Guerra Mundial. Así, pintó varias obras completamente nuevas, frescos falsos que nadie descubrió durante su trabajo de restauración. Para probar eventualmente su autoría, Malskat incrustó las llamadas “bombas de tiempo”, anacronismos que probarían que un objeto de arte no podía datar de su auténtico tiempo. En este caso, retratos de un pavo (desconocido en la Europa medieval) y de la actriz Marlene Dietrich (que vivió de 1901 a 1992). Pero la inversión hecha era tan grande que Malskat fue ignorado incluso cuando confesó. Indignado, se demandó a sí mismo en el tribunal y finalmente recibió una sentencia de 20 meses. El falsificador salió de la cárcel y comenzó una nueva vida vendiendo “falsificaciones originales de Malskat”. Como ya mencionó, el éxito de una obra depende en gran medida de relato que la acompaña.

Grandes artistas del engaño

Lo cierto es que la falsificación de arte es tan antigua como el arte mismo. Cuando los precios del arte se inflaron, el mundo de la falsificación se volvió un negocio multimillonario. Uno de los mayores escándalos relacionados con el tema ocurrió en la década del 30, cuando un artista holandés poco conocido, Han van Meegeren, creó y vendió varios Vermeers falsos y ganó el equivalente a 60 millones de dólares. Su fraude sólo se descubrió después de la Segunda Guerra Mundial, al ser acusado de traición por vender uno de sus Vermeers falsificados al líder nazi Göring.

En un intento desesperado por demostrar que había vendido una mera falsificación, van Meegeren accedió a pintar un nuevo Vermeer delante de la prensa y de testigos designados por el tribunal; de ese modo logró revocar las acusaciones de traición y establecerse como uno de los falsificadores más ingeniosos de todos los tiempos.

Se recomienda mirar el excelente documental “Tim’s Vermeer” para profundizar en el tema.

Otro gran falsificador fue el pintor húngaro Elmyr de Hory, quien vendió más de 100 falsificaciones de Modigliani, Degas, Picasso y Matisse antes de que las autoridades descubrieran su fraude en la década de 1970. Por otro lado, en 2004 el galerista Ely Sakhai confesó haber comprado obras genuinas de Paul Gauguin y de otros artistas impresionistas y modernos, y luego haber contratado a falsificadores hábiles para producir copias que más tarde vendió en las subastas de Sotheby’s y Christie’s.

En los últimos años, Wolfgang Beltracchi fue nombrado “el falsificador del siglo”. Al igual que van Meegeren, Beltracchi decidió pintar piezas nuevas inspiradas en las obras de pintores célebres. Él y su esposa Helene se las arreglaron para vender más de 50 falsificaciones diciendo que eran “piezas perdidas” de artistas como Max Ernst, Pablo Picasso y Paul Gauguin, escondidas de los nazis en los años 30. Las obras de Beltracchi eran tan buenas que lograron engañar a algunos de los mejores expertos en arte.

¿Qué diferencia a un artista de un falsificador?

La originalidad de una obra es un terreno de disputa económico, no artístico. En verdad, las obras de arte no pertenecen a nadie, y hasta las más originales son producto de años de estudio de otras obras. El escritor argentino Jorge Luis Borges decía que es imposible imaginar algo que no existe, que incluso las criaturas más fantásticas como los dragones se parecen bastante a los reptiles de la Tierra.

De hecho, la diferenciación entre original y copia es bastante absurda para cualquiera que haya estudiado arte. Incluso podría decirse que la copia es parte del proceso creativo. El mismo Pablo Picasso decía que los artistas mediocres copian y los grandes artistas roban. La idea de que el autor es único y su talento es imposible de reproducir deja de lado la noción básica de que el arte es, en esencia, una técnica, o mejor dicho el dominio de una técnica, del mismo modo que un carpintero domina la técnica de hacer un banco o una mesa. Habrá mejores y peores carpinteros, pero lo importante es el resultado.

Lo que habría que analizar es la idea de musa, de inspiración, de talento. Quizás sólo se trata de una maniobra, una triquiñuela inventada por artistas y vendedores para elevar su propio arte del engaño.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
Over 50 Percent of Art is Fake, en https://news.artnet.com/
Is ‘The Art of Forgery’ an Art at All?, en https://www.popmatters.com/
9 of the Craziest Recent Art Forgery Scandals, en https://news.artnet.com/
Descubren que un “falso Rembrandt”…, en https://www.eluniversal.com.mx

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