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Máncora: Contra viento, marea y COVID

Se habla mucho acerca de que Perú es un país centralista y que el epicentro del territorio es Lima en cuanto a política, economía, educación, y demás. Sin embargo, cuando se trata del Coronavirus, Lima no ha sido la ciudad más afectada. En el post de hoy, daremos un vistazo a cómo se vive una situación de pandemia en un lugar que depende, casi exclusivamente, del turismo.

Ubicada al norte de Perú, Máncora es un pueblo playero de 112 años. Está en el departamento de Piura y no tiene un aeropuerto por lo que, para llegar, es necesario tomar un bus desde Lima (de preferencia, con asientos que puedan inclinarse hasta alcanzar los 180°) por alrededor de 17 a 19 horas, o tomar un avión hacia Piura y, después, un bus por casi 5 horas o un taxi por cerca de 2 horas.

¿Vale la pena? Eso lo pueden contestar los cientos de turistas, tanto nacionales como internacionales, que visitan el balneario. El circuito de playas que contienen las arenas de Máncora es uno de los atractivos más poderosos del pueblo, por lo que decenas de lujosas casas de playas se posicionan en frente del mar, descendiendo en precio mientras más alejadas están del agua. Sus olas son conocidas por ser perfectas para los surfistas y es muy fácil avistar ballenas, tortugas o delfines desde sus orillas.   

En cuanto a la comida, no todo lo que se sirve en un plato proviene del mar. Existe una increíble fusión entre gastronomías de todas partes del mundo y la tradicional cocina peruana. Desde restaurantes en suntuosos hoteles que sirven platillos con una combinación de ingredientes irreplicable, hasta rinconcitos con postres experimentales que no pueden encontrarse en ningún otro lugar, la comida es otro gran espectáculo qué disfrutar.

Máncora está compuesta por una trinidad: por un lado, el boulevard, que es la zona más turística, donde hay hostels, restaurantes y fiestas; por el otro,  el pueblo, que es donde viven quienes hacen del balneario su hogar; y por un lado más alejado, pasando una tranquera que requiere de previa identificación, la zona donde yacen casas de playa de ensueño, espectaculares hoteles y restaurantes suntuosos.

Siguiendo la única carretera, que va hasta Lima y desciende todavía más al sur, o que se puede seguir aún más al norte y conecta con la frontera de Perú con Ecuador, se pueden observar los varios negocios que mantienen los ciudadanos. La mayoría de ellos están asociados al turismo: hay quienes construyen piscinas, personas que hacen instalaciones de pozos de agua potable, venta de mototaxis, muebles decorativos en madera, entre otros.

Es por ello que es de interés hablar sobre sobre este pueblo acariciado por la brisa salada del mar. De un momento a otro, sus 12917 habitantes (según el Compendio Estadístico Piura 2017 de la INEI) se vieron privados de una de sus principales entradas de dinero. ¿Cómo sobrelleva un balneario una pandemia y qué esperanzas tienen los mancoreños para el futuro? Entrevistamos a dos emprendedores que, como se suelen decir los mancoreños, “hacen vida” en Máncora.

Aunque se desenvuelven en rubros distintos, José Fernando Serrano Dos Santos y Anthony Maurice Lisarazo Castañeda enfrentan problemas con una raíz común: la crisis provocada por la pandemia. Sus perspectivas, no solo como emprendedores de negocios destinados a públicos diferentes, sino como ciudadanos de Máncora, enriquecen la visión que podemos tener sobre cómo marchan las cosas en esta área, de la cual pocas noticias se han recibido desde que inició la cuarentena.

Anthony Lisarazo

Anthony Lisarazo es administrador de lofts y casas de playa exclusivas, en la zona que se encuentra pasando la tranquera. Además, cuenta con su propio servicio a domicilio de cenas temáticas. Recuerda el día en que el presidente Martín Vizcarra anunció que Perú cerraría sus fronteras. Antes del domingo 22 de marzo, ya varios turistas extranjeros y nacionales habían regresado, alarmados, a sus países o ciudades. Mucha gente, sin pensárselo dos veces, había abandonado los inmuebles que habían alquilado, algunos hasta por espacio de un mes, y se habían ido en la madrugada.

Uno de los casos que guarda en su memoria es el de unos argentinos que no lograron irse a tiempo y se quedaron en uno de los departamentos por 30 días, cuando su plan original no incluía una estancia tan larga. Afortunadamente, la noción compartida por los arrendadores era la de extenderle la mano a quienes se habían quedado varados en el pueblo, por lo que se pudo acordar un precio de alquiler que beneficiara a ambas partes. Cumplido el mes, los argentinos pudieron regresar a su patria en un vuelo humanitario.

Anthony, además, asegura que hubo, también, quienes decidieron quedarse en Máncora. Los turistas que tenían mayor solvencia económica corrieron con los gastos de alquiler normales y pasaron la cuarentena mirando al mar. Los dueños de los inmuebles pudieron, de tal manera, obtener una entrada de dinero aún durante la primera fase de la pandemia; otra historia fue la de los dueños de hoteles, quienes se vieron en aprietos al tener que correr con gastos de personal cuando no percibían los suficientes ingresos.

La mayoría de los restaurantes han cerrado, sin embargo, algunos han cambiado la modalidad de su negocio para hacer delivery y otros, los que tienen más comensales locales, cuentan con mayor actividad. Todos los negocios en el boulevard han cerrado. La parte más vivaz de Máncora ahora está aletargada. Aún así, este periodo de descanso obligatorio no le ha sentado mal a la naturaleza. Lisarazo recuerda que, cuando llegó en el 99, era posible observar ostiones en las peñas, así como percebes; para su sorpresa, hoy, de nuevo, es posible verlos. En tan solo unos pocos meses de inactividad, la flora y fauna mancoreña ha renacido.

Desde un enfoque muy personal, Anthony enfrentó un reto propio. De un momento a otro, se encontró consumiendo diversas noticias de diferentes medios, de forma casi obsesiva. Seguía los noticieros y lo que se compartía en redes sociales y por la prensa digital. El estrés hizo mella en su salud y decidió buscar apoyo psicológico. El psicólogo le recomendó que se desconectase, y eso es lo que ha hecho. Contribuyendo a su mejoría está el hecho de que dejó de escuchar que la gente estaba falleciendo. En un pueblo pequeño, las noticias viajan rápido. Por suerte, parece ser que las defunciones han cesado en estos meses.

Su negocio de comida lo mantuvo durante la primera parte de la pandemia, preparando pollo y cerdo al cilindro, y ahora ya realiza cenas a domicilio de nuevo, en su mayoría en casas de playa. Ahora, al mes suele hacer 4 servicios, contando con todas las medidas de seguridad recomendadas. 

Poco a poco, el turismo en Máncora está reviviendo gracias a que se permitió la movilización dentro del país de nuevo. Hace poco, Anthony pudo retomar su rol como administrador al recibir a los primeros inquilinos que ha tenido desde que inició la crisis. Pero, incluso con una demanda algo mayor, hay muchas casas y departamentos vacíos ya que los dueños prefieren no correr riesgos de momento.

José Serrano

José Serrano es un emprendedor venezolano que es mancoreño de corazón. Aunque la migración de venezolanos parece tener mayor presencia en ciudades como Lima, el pequeño pueblo de Máncora es donde José decidió asentarse ya hace 2 años y 9 meses debido a la tranquilidad que se respira en el pueblo, el clima más que agradable, los bellos paisajes y la gente vivaz.

Los primeros meses de este año pintaban al 2020 como un año cualquiera. La afluencia de turistas estaba creciendo aunque ya habían noticias sobre el virus en China cruzando a otros continentes. Antes de que se anunciara de que el COVID-19 había llegado a Sudamérica, Serrano ya estaba seguro de que llegaría antes de que se desarrollase una cura. Se lo comentaba a la gente y muchos le respondían que no llegaría o que el clima cálido haría que el ambiente no fuese propicio para su expansión. Por ello es que tantos turistas se marcharon a última hora. Hasta el día de hoy turistas en Máncora incapaces de volver a sus países, pero que se mantienen trabajando en los negocios locales.

José maneja un gimnasio, razón por la cual su trabajo se ha visto terriblemente afectado. Recién en octubre se plantea la posibilidad de que los centros deportivos se abran nuevamente, aunque José opina que debería hacerse antes ya que el ejercicio fortalece el sistema inmunológico y combate la depresión.

Tanto él como otros profesionales relacionados con el mundo del deporte y el fitness están dispuestos a instaurar estrictos protocolos para realizar sus actividades. Los restaurantes han abierto, bajo medidas de salubridad rígidas, podría ser este el caso de los gimnasios ya que contribuyen al bienestar general de la población.

No hay muchos centros de ejercicio en Máncora, por lo que el de José contaba con gran afluencia de miembros. En un día común, pre pandemia, había cerca de 45 personas por día ejercitándose, en su mayoría, trabajadores de hoteles o restaurantes, gente que había hecho de Máncora su hogar, y algunos pocos turistas que estaban de paso. Serrano tuvo que cambiar su modalidad de negocio y empezar a dar clases personalizadas. En un principio, cuando estaba prohibido el desplazamiento de los ciudadanos, dio clases online; ahora que hay más libertad de movimiento, da entre 4 y 5 clases personales a domicilio por día, a un precio menor del que cobraba antes.

Sigue todos los protocolos de seguridad, tales como llevar gel y usar tapabocas en todo momento, además de guardar una distancia prudencial. Uno de los desafíos que ha encontrado es el de corregir a sus clientes cuando no cuenta con la posibilidad de acercarse o de tocar a la persona. Debe recrear él mismo el ejercicio y esperar a que el cliente sea capaz de replicarlo, algo difícil si el cliente en cuestión no es muy coordinado o no hay un espejo en el área.

Apenas se autorice la actividad de los gimnasios nuevamente, José piensa reabrir sus puertas al público. Tiene muy en claro qué medidas deberá imponer para garantizar la seguridad de sus clientes, así como la propia. Pondrá una bandeja en la entrada para desinfectar el calzado, dispensadores de gel en las paredes, sprays con alcohol para que los mismos asistentes limpien los instrumentos que usen, y prohibir la entrada de más de 4 personas por sesión. Es posible que un cliente desee sacarse la mascarilla para respirar pero José no piensa tolerar esa conducta. Existen mascarillas deportivas, por lo que piensa que está en manos de los clientes velar por su comodidad durante las sesiones sin descuidar su salud.

A pesar de los problemas, José es consciente de que su familia en venezuela está pasando por momentos aún más duros debido al contexto caótico que vive el país, por lo que una de sus prioridades es auxiliar económicamente a sus parientes con lo que puede. La población venezolana no es muy grande en Máncora, y ha disminuido aún más: varios de ellos tomaron la decisión de regresar a su país debido a la falta de trabajo.

Contra todo pronóstico, a pesar de la incertidumbre y de los varios negocios cerrados que han tenido que reinventarse ofreciendo comida, tanto Anthony como José planean seguir edificando sus vidas en Máncora. El toque de queda inicia a las 10 de la noche y termina a las 4 de la mañana, y los domingos nos hay movilización. La policía escanea las calles y el índice de criminalidad ha descendido. Ahora que está permitido viajar, el pueblo está despertando a medias, recibiendo turistas que intentan escapar de las malas nuevas, del miedo y el estrés.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
Compendio Estadístico Piura 2017 en https://www.inei.gob.pe/
Viva Máncora en https://www.vivamancora.com/peru/
Desde hoy rige la inmovilización social obligatoria los días domingos en https://gestion.pe/peru/
Cerca de 120,000 personas se transportaron vía aérea tras reanudación de vuelos nacionales en https://gestion.pe/

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