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Para saber cómo es la soledad

Este año será recordado, entre otras cosas, por el confinamiento obligatorio que de alguna manera volvió a conectarnos con nuestra soledad. A muchos el encierro en casa les resulta pesado y agobiante; otros, en cambio, han preferido este modo de vida para mantener su salud y también, por qué no decirlo, porque lo disfrutan.

Podría decirse que la soledad es algo terrible. O en todo caso, algo que la mayoría evita. Las conglomeraciones en plena pandemia son apenas una muestra de esto. Los humanos tenemos la tendencia a agruparnos y a disfrazar nuestra inherente soledad con amigos, compañeros, fiestas y salidas.

Tanto es así que, hace unos años, se publicó al respecto un estudio científico de la Universidad de Harvard. En él, se les ofreció a los encuestados la posibilidad de elegir entre darse descargas eléctricas o estar solos con sus pensamientos durante quince minutos. ¿El resultado? Mucha gente, más de la esperada, prefirió las descargas eléctricas.

Sin embargo, bien podría decirse que la soledad es inevitable. Todos nacemos y morimos solos, y es precisamente por eso que hemos montado mecanismos culturales para la evasión. Esto puede sonar a algo terrible y hasta trágico, pero en realidad es simplemente nuestra condición humana. La buena noticia es que se puede estar solo, que sólo se trata de práctica, y que incluso hay personas que han adoptado la soledad como modo de existencia.

Como toda la habilidad, la capacidad para disfrutar de la soledad se adquiere con práctica y tiempo. ¿Y qué mejor que una pandemia global para perfeccionar esa habilidad? En lugar de sufrir y temer por la soledad, tal vez sea hora de que la abracemos y aprendamos a convivir con ella. De hecho, durante la pandemia se han multiplicado los casos de personas que se vuelven ermitaños modernos.

Por supuesto que a nadie le gusta que lo obliguen a mantener distancia de sus seres queridos. La sensación de soledad que experimentan los enfermos de Covid, encerrados en su dormitorio o en la fría sala de un hospital, produce pánico, angustia y una exacerbada incertidumbre. Pero incluso esas sensaciones se relacionan con nuestro miedo a estar solos, que desde ya no empezó ni terminará con la pandemia actual.

¿Por qué tenemos miedo a estar solos?

La soledad implica estar con nosotros mismos, es decir enfrentarnos a nuestros pensamientos. Y no hay nada más atemorizante. La cultura occidental se ha perfeccionado para evadir la sensación de soledad. En un universo infinito y desconocido, los humanos batallamos para que nuestras mentes no colapsen frente al estrés de estar vivo para morir, o, dicho de otro modo: nacer para no salir con vida.

El mundo del entretenimiento y la diversión es un gran negocio sustentado en el temor a la soledad. De hecho, la palabra “diversión” proviene del latín y significa alejarse, dar un giro en la dirección opuesta. Es decir, nos divertimos cuando queremos olvidar o silenciar los temores. Es una manera de cerrar los ojos, de evadirse.

En su libro “Cómo no hacer nada”, la escritora Jenny Odell afirma que nuestra cultura compensa la sociabilidad y la conectividad al tiempo que castiga y estigmatiza a quienes gustan de estar solos. Sin embargo, por una enfermedad desconocida de repente todos nos vimos forzados a vivir en soledad, o en una mayor soledad que antes. Por eso a muchos les resulta insostenible continuar en una cuarentena que excluya las salidas a, por ejemplo, bares o playas.

Cuando estamos solos, la cultura moderna pone en acción miles de mecanismos para distraernos, desde los programas radiales hasta los actuales sistemas de streaming. Ni bien sentimos un momento de tristeza o angustia, lo ahogamos en un océano de series y mensajes de texto, de llamadas por Zoom o visitas compulsivas a las redes sociales. Pero todavía peor es prender la televisión o entrar a las páginas de noticias, donde se cuentan los muertos y se anuncian catástrofes inminentes. Por lo tanto, de un lado vivimos la desesperación de un mundo a punto de colapsar, y por el otro tenemos la oferta de la distracción y el entretenimiento. Entre esas dos opciones, la soledad parece inaceptable.

¿Qué podemos aprender de la reclusión forzada?

Como ya se mencionó, no es lo mismo la soledad por elección que por obligación. Los filósofos o religiosos que han elegido una vida ermitaña en general tienen valiosas lecciones para darnos. Pero la gente que fue forzada a recluirse quizás nos pueda enseñar más en nuestra situación actual.

Keith LaMar es un prisionero condenado a muerte en los Esatos Unidos, y hace ya varios años que está preso en reclutamiento solitario. En una entrevista, dijo lo siguiente: “estar en confinamiento solitario es, en realidad, como estar arrojado sobre uno mismo: de repente te enfrentas a ti mismo y encuentras que en muchos casos no has tenido tiempo para ocuparte de tus asuntos. Todo está dirigido hacia afuera. Eso es lo que me pasó a mí hace 27 años, y lo que le pasa a muchos en esta situación… es como ser arrojado al océano. Tienes que aprender a nadar. Tienes que aprender a estar contigo mismo… He visto a mucha gente desmoronarse, perder la cabeza. Pero yo fui en otra dirección. Así que 27 años después sigo estando sano en mente, cuerpo y espíritu. Atribuyo eso a que sólo leo y me cultivo”.

La cita es larga, pero vale la pena detenerse un momento en ella. Por más que la situación pandémica sea estresante como pocas, no se compara con la situación de un condenado a muerte. Sin embargo, Lamar ha encontrado sosiego en su propia persona. Era eso o volverse loco. La lectura y el arte en general tiene la doble capacidad de distraernos y conectarnos con nosotros mismos.

Quizás sea el momento justo para que disfrutemos de nuestra soledad, para que nos cultivemos y luego podamos salir al mundo como nuevas y mejores personas.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
https://www.keithlamar.org/
Just think: The challenges of the disengaged mind, en https://science.sciencemag.org/
A hermit’s guide to handling loneliness, en https://www.catholicregister.org/

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