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Claves para derrocar al sistema (y no usar la violencia)

¿Cuánta gente se necesita para expulsar a un tirano? O, mejor dicho: ¿cuántos son necesarios para derrocar a cualquier tipo de gobierno? La politóloga Erica Chenoweth asegura que alcanza con el 3,5% de la población, aunque hay una condición previa: las protestas deben ser pacíficas.

 

Desde el principio de los tiempos, los humanos hemos debatido para tomar decisiones que afectan al conjunto. Lo llamamos política, pero la política ha tomado muchas formas. La forma actual se llama democracia. Pero ¿qué sucede si la democracia ya no representa los intereses de la mayoría? ¿O si una minoría ha impuesto una ideología diferente? Y en especial, ¿qué ocurre si gobierna un tirano? ¿Un grupo de gente tiene derecho a derrocarlo? Si la respuesta es afirmativa, ¿hay otra forma que no sea la violencia?

 

Cuando un tirano toma el Estado moderno, los límites de la democracia se vuelven nebulosos. ¿Quién define qué es un tirano? ¿Acaso un presidente en un país democrático no es, de alguna forma, un tirano? Está supuestamente controlado por otros poderes, pero lo cierto es que la ley se aplica sobre los ciudadanos con el uso del aparato represivo del Estado.

 

Por lo tanto, la violencia de los oprimidos parece necesaria. Sin embargo, podemos citar como un indudable éxito el uso de la protesta no violenta por parte de Gandhi para conseguir la independencia de la India. Se dice que el pueblo lo consideró adecuado porque el Imperio Británico, al estar gobernado por un régimen democrático, era demasiado blando.

 

Eso no es cierto para los descendientes de las decenas de miles de irlandeses, kenianos, malayos, yemeníes, iraquíes, egipcios, africanos y otros que fueron asesinados por intentar abandonar el Imperio Británico. Sería más cierto decir que la no violencia ghandiana obligó a los británicos a evitar la violencia masiva en la India.

 

Las protestas no violentas luego tuvieron su auge en los países más desarrollados, como el movimiento estadounidense de derechos civiles. Aunque también fueron imparables en Filipinas, Taiwán, Tailandia, Corea del Sur, Bangladesh, Irán y los países comunistas de Europa oriental.

Las protestas pacíficas no fueron tan efectivas en China en 1989, pero siguieron cosechando victorias en otros lugares: la propia Unión Soviética, la mayoría de las colonias subsaharianas de Francia, Sudáfrica e Indonesia en los 90; Serbia, Georgia, Armenia, Ucrania y el Líbano en los 2000; y Egipto, Túnez, Siria, Ucrania y Sudán en la década del 2010.

 

En cambio, todos los levantamientos no violentos de la “Primavera Árabe” de 2010-2011, excepto el de Túnez, terminaron siendo aplastados por golpes militares o guerras civiles. ¿Qué está pasando hoy con esta técnica que cierta vez mostró efectividad?

 

Los números para el derrocamiento

 

Ha pasado mucho tiempo desde que esta forma de protesta ha surgido, y los dictadores o tiranos aprovecharon para comprenderla y dominarla. Por ejemplo, todos los dictadores saben ahora que si bien la violencia puede asustar a los individuos y a los pequeños grupos, casi siempre es un error utilizarla contra grupos muy grandes: sólo los hará enojar, y por lo general regresarán al día siguiente en un número mucho mayor.

 

Su verdadero objetivo como dictador debería ser engañar a los manifestantes para que ellos mismos usen la violencia. Entonces los más violentos ascenderán a posiciones de liderazgo en las protestas mientras que la mayoría de la gente se retira disgustada por la violencia. Luego, por supuesto, podrá usar una violencia sin límites contra los violentos manifestantes que queden.

 

La politóloga de Harvard Erica Chenoweth es una experta en el asunto, y además una amante de los números. Chenoweth afirma que los movimientos no violentos para derrocar regímenes ilegítimos solían tener éxito la mitad de las veces, pero ahora sólo ganan una de cada tres batallas. Otro dato que ha llamado la atención de los periódicos: si se logra sacar a la calle al 3,5% de la población, casi siempre estas protestas son exitosas.

 

Con estos números en mente, el movimiento de protesta de Belarús estaría cerca del éxito: el 3,5% de la población de Belarús es unas 300.000 personas, y las manifestaciones probablemente logren juntar esa cifra, especialmente en los fines de semana. Las protestas en Tailandia contra el ex general y líder golpista Prayuth Chan-o-cha todavía no se han extendido más allá de Bangkok, y los manifestantes, en su mayoría estudiantes, no son ni siquiera el 1% de la población.

 

En cuanto a Argelia, la reciente elección de un nuevo presidente vinculado al anterior (al que los manifestantes obligaron a renunciar el año pasado) ha hecho que los estudiantes vuelvan a salir a la calle. Sin embargo, el COVID-19 le ha quitado impulso al movimiento, y es poco probable que lo recupere.

 

Así que tal vez un éxito de cada tres para el cambio de régimen, como predice Erica Chenoweth. Pero su idea más importante es que la cifra del 3,5% probablemente se aplica a cualquier movimiento de protesta popular, incluidos los de los países democráticos. Los objetivos de esos movimientos no tienen por qué limitarse a derrocar dictadores.

 

El éxito de la paz

 

Chenoweth también asegura que, en general, las protestas no violentas tuvieron el doble de éxito que las violentas: llevaron a un cambio político el 53% de las veces, en comparación con el 26% de las protestas violentas.Esto fue en parte por la fuerza de los números. Chenoweth sostiene que las protestas no violentas tienen más probabilidades de triunfar porque pueden reclutar más participantes de un grupo demográfico mucho más amplio. Esto deriva en graves trastornos que paralizan la vida normal y el funcionamiento de la sociedad.

 

De hecho, de las 25 protestas más grandes que estudió Chenoweth, 20 fueron no violentas y 14 de ellas fueron un éxito rotundo. En general, las protestas no violentas atrajeron alrededor de cuatro veces más participantes (200.000) que el promedio de las campañas violentas (50.000).

 

Las protestas contra el régimen de Marcos en Filipinas, por ejemplo, atrajeron dos millones de participantes en su momento cúlmine; el levantamiento brasileño en 1984 y 1985 atrajo a un millón, y la Revolución en Checoslovaquia en 1989 sumó unos 500.000 participantes.

 

El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
Erica Chenoweth: Civil Resistance Can Defeat a Dictatorship, en https://confidencial.com.ni/
How many people does it take to demonstrate to…, en https://tv6.news
The ‘3.5% rule’: How a small minority can change the world, en https://www.bbc.com

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