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Medico venezolano investiga el misterio del Covid en niños

Alberto Paniz-Mondolfi es un médico venezolano que se ha dedicado a tratar algunas de las enfermedades infecciosas más terribles en su país. Luego de mudarse a los Estados Unidos, pensó que eso quedaría atrás, pero en el momento que el coronavirus llegó a ese país, tomó por sorpresa a muchos doctores, profesionales médicos y a él también, pues meses más tarde, unos pocos niños contagiados empezaron a presentar síntomas inflamatorios raros y generalizados ¿de qué se trata?

Paniz-Mondolfi, es un médico con doctorado, profesor asistente de patología, medicina molecular y celular en la Facultad Icahn de Medicina del hospital Mount Sinai que ha estudiado algunas de las enfermedades infecciosas más terribles del hemisferio occidental.

Su amor por los virus surgió en parte por la inspiración de un safari a la cueva Kitum en el Parque Nacional del Monte Elgon en Kenia en los años ochenta. Durante la visita, su abuelo le dijo que, varios años antes, los murciélagos habían infectado a los turistas con el virus Marburg, un pariente del virus del Ébola. Aunque había ido con la esperanza de ver elefantes, se fue fascinado por el universo microbiano.

Después de obtener una maestría en parasitología y enfermedades tropicales en 2006, hizo estancias en todo el mundo en microbiología, genética molecular y enfermedades de la piel, así como una segunda residencia en patología en Estados Unidos.

Este médico venezolano trató algunas de las enfermedades infecciosas más terribles en su país. Y en estos momentos intenta resolver un urgente y problemático misterio del COVID-19, guiándose por las pistas de sus encuentros infecciosos del pasado:

¿Por qué el coronavirus, que casi no ataca a los niños, afecta gravemente a un pequeño grupo de ellos? Se trata del síndrome inflamatorio multisistémico en niños.

Yendo un poco al pasado, Paniz-Mondolfi dijo que quedó fascinado por los efectos persistentes de algunos virus, especialmente en los niños. El llano occidental de Venezuela, donde vivía, es un epicentro del dengue y la enfermedad de Kawasaki, un síndrome inflamatorio infantil que puede causar complicaciones cardíacas.

A medida que llegaban más casos de coronavirus, comenzó a preocuparse, pero no por las razones por las que todos los demás lo hacían. Le preocupaba que la comunidad médica subestimara los posibles efectos del coronavirus en los niños. La mayoría de los médicos estadounidenses “nunca han vivido una epidemia de dengue”, explica. Sus experiencias en Venezuela con ese virus, y sus secuelas inflamatorias en los niños, le causaban pesadillas sobre lo que podía suceder a continuación.

Aunque el coronavirus y el dengue son diferentes en muchos aspectos, Paniz-Mondolfi notó varias similitudes. Ambos virus se dirigen a las células endoteliales, que recubren los vasos sanguíneos. Con el dengue, la sangre puede filtrarse lentamente desde las venas de los pacientes, causando un shock y la muerte; el coronavirus también daña los vasos sanguíneos de todo el cuerpo. Con el dengue, los informes de casos sugieren que este daño de los vasos sanguíneos desencadena una respuesta inflamatoria exagerada que posiblemente pueda convertirse en la enfermedad de Kawasaki. Paniz-Mondolfi se preguntó si sucedía lo mismo con algunos niños que tienen COVID-19, y presentan un peligroso síndrome inflamatorio postinfeccioso que es similar. Cuando los virus “llegan al endotelio, no son buenas noticias”, dijo. “No podía sacarme al Kawasaki de la mente”.

La mayoría de los niños que contraen el coronavirus solo experimentan síntomas leves. Pero unos meses después de que el coronavirus azotara a Nueva York, el hospital de Paniz-Mondolfi comenzó a tratar a una pequeña cantidad de niños gravemente enfermos, la mayoría de los cuales se habían infectado con COVID-19 en las semanas previas.

La afección recibió el nombre de síndrome inflamatorio multisistémico en niños (MIS-C, por su sigla en inglés). Los niños con MIS-C generalmente presentan dolor abdominal intenso, fiebre alta, vómitos, diarrea y, a veces, erupciones cutáneas u ojos inyectados en sangre. A menudo, tienen que ser hospitalizados y pueden sufrir daños en múltiples órganos, características que se reconocen inmediatamente como similares a la enfermedad de Kawasaki.

Para el 3 de septiembre de 2020, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) habían recibido informes de 792 casos de MIS-C en los Estados Unidos y 16 muertes; hasta el 27 de agosto 20 niños habían sido tratados en Mount Sinai. De esos casi 800 casos, más del 70% han sido niños negros o latinos. Un estudio de los CDC, publicado en agosto, encontró que la tasa de hospitalización de niños negros con COVID-19 es cinco veces mayor que la de niños blancos, y la tasa de niños latinos es ocho veces mayor.

Frente a la avalancha de casos de MIS-C que llegaron Mount Sinai entre mayo y junio de 2020, Paniz-Mondolfi y su colega Mariawy Riollano-Cruz, médico pediatra de enfermedades infecciosas que también trabaja en Mount Sinai, notaron inmediatamente las discrepancias raciales y las reportaron en un estudio publicado en junio. Se preguntaban por qué estaba sucediendo eso. Quizás la tendencia podría explicarse porque las comunidades de color tienen tasas más altas de COVID-19 que las comunidades blancas y más casos de COVID-19 se traducen en más casos de MIS-C.

Como el acceso a las pruebas es limitado en las comunidades minoritarias, es posible que los afroestadounidenses y los latinos estén contrayendo el coronavirus en tasas más altas de lo que sugieren estos porcentajes de pruebas. Si es así, los niños negros y latinos pueden estar desarrollando MIS-C a tasas que corresponderían con su exposición al COVID-19.

Sin embargo, Paniz-Mondolfi y Riollano-Cruz se preguntaron: ¿podría existir algo que haga que estos niños corran un mayor riesgo de desarrollar MIS-C cuando contraigan el coronavirus? Ambos sospechan que el problema es multifacético y otros investigadores están de acuerdo con esa hipótesis.

“Hay numerosos factores que impactan de manera desproporcionada a los grupos minoritarios desfavorecidos, como el acceso insuficiente a la atención médica, una mayor prevalencia de afecciones médicas subyacentes y una mayor exposición a contaminantes ambientales”, dijo el doctor Joseph Abrams, epidemiólogo y miembro de la unidad de investigaciones del síndrome MIS-C de los CDC. Se sabe que esas inequidades “están relacionadas con una mayor gravedad de otras afecciones de salud, y es plausible que esos factores también desempeñen un papel en el riesgo del MIS-C”.

Paniz-Mondolfi y Riollano-Cruz dijeron que también es posible que esa susceptibilidad tenga un componente genético. Quizás existe una variación genética en un gen relacionado con el sistema inmunitario que pone en riesgo a ciertos niños, independientemente de la raza, puesto que la raza no está determinada por los genes. Para ellos, tiene sentido que los genes puedan jugar un papel, porque las variaciones genéticas han sido relacionadas con la enfermedad de Kawasaki. Paniz-Mondolfi y Riollano-Cruz están diseñando estudios genéticos para determinar si lo mismo ocurre con el MIS-C.

Paniz-Mondolfi dijo que espera que, al identificar los factores de riesgo, los médicos puedan prevenir el MIS-C, o al menos lograr que sea más tratable. En este sentido, los médicos podrían monitorear de cerca a los niños considerados de alto riesgo y brindarles antes la atención que necesitan.


El texto anterior expresa mis ideas y opiniones inspiradas en
Fuentes consultadas: https://www.nytimes.com/es/2020/09/10/espanol/ciencia-y-tecnologia/Alberto-Paniz-Mondolf-coronavirus-ninos.html

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