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¿El fin de las drogas ilegales?

Casi no existe persona en el mundo que no haya nacido bajo el yugo de la prohibición de las sustancias recreativas. Desde que Estados Unidos, bajo el mando de Nixon, inició la guerra contra las drogas, no hemos tenido casi ninguna experiencia positiva al respecto. El consumo aumentó, y en especial la estigmatización y persecución de los consumidores.

 

Con la reciente muerte de Diego Maradona, se vislumbra un debate que quizás no estemos todavía dispuestos a dar. No hablamos aquí solamente del consumo de cocaína, que sin dudas afectó notablemente la salud del astro del fútbol, sino también, y en especial, del consumo de drogas legales.

 

En lo que parece una paradoja, pero, si bien se mira, es un sinsentido, muchas de las sustancias permitidas que pueden conseguirse en farmacias y son recetadas por médicos resultan, a veces, infinitamente más riesgosas que muchas de las drogas prohibidas y recreativas. El caso del cannabis es un claro ejemplo.

 

No se trata, por supuesto, de minimizar los riesgos de las sustancias peligrosas, como la cocaína o la heroína, sino de pensar en medidas realmente efectivas que se enfoquen en la libertad y asistencia a quienes son considerados o se consideran adictos. En definitiva, la prohibición no hace otra cosa que estigmatizar a los consumidores y poner en marcha una maquinaria represiva como pocas veces se ha visto en la Historia.

 

¿Cómo empezó esta locura?

 

Ya han pasado más de 40 años desde el inicio de la guerra contra las drogas, un término acuñado en Estados Unidos pero que ha penetrado en la cultura global. Sin embargo, podría decirse que los Estados Unidos han adoptado un enfoque combativo durante mucho más tiempo, comenzando con la aprobación de la Ley Harrison en 1914.

 

El Acta de Impuestos de Narcóticos Harrison de 1914 hizo ilegal la venta de opiáceos o cocaína sin licencia. En apariencia, la nueva ley parecía referirse a la regulación moderada y los impuestos de los narcóticos, en lugar de prohibirlos. Sin embargo, a partir de ese momento los consumidores de drogas se vieron obligados a obtener su sustancia preferida en el mercado negro.

 

En los años siguientes se aprobaron otras leyes de prohibición que regulaban sustancias como los estimulantes, los esteroides, los alucinógenos y los depresivos. En 1970, todas estas diversas leyes se consolidaron en un solo instrumento legislativo que clasificó todas las sustancias legalmente controladas en varias categorías.

 

Cuando creó la Agencia Antidrogas (DEA) en 1973, Richard Nixon declaró “una guerra global contra la amenaza de las drogas”. En consecuencia, el consumo de heroína aumentó rápidamente en los años 60 y 70 durante la guerra de Vietnam. Esto marcó un cambio en la política interna de los EE.UU., que dejó de tratar a los adictos como pacientes y de resolver las “causas fundamentales” de la delincuencia (como la pobreza, el racismo, etc.). En cambio, se dirigió hacia un enfoque punitivo del uso de drogas que trataba a los adictos como criminales.

 

El cannabis: la puerta de entrada a la legalización

 

La prohibición de la marihuana es un interesante ejemplo de cómo funciona la política de prohibición. En la actualidad, gracias a numerosos estudios científicos, sabemos que el cannabis es, a lo sumo, tan peligroso como una cerveza. ¿Hace daño? Sin dudas, pero también hacen daño las comidas rápidas y nadie piensa en prohibirlas. El argumento de la salud cae por su propio peso, y cuando corremos el velo de la moral podemos observar las verdaderas y crueles razones de la prohibición.

 

En el caso del cannabis, la prohibición tuvo un solo objetivo: encarcelar a la mayor parte de la población afroamericana. El consumo de la marihuana era una cuestión cultural, una vía de escape ante la dificultad de vivir para los hijos o nietos de los esclavos. Y he aquí quizás la verdadera razón para la persecución legal de los consumidores: la idea es que el placer, la búsqueda de un momento de felicidad, debe estar absolutamente prohibido para las clases bajas. Eso, además de encarcelar a miles y miles de afroamericanos para de algún modo continuar con una esclavitud más aceptada culturalmente.

 

A mediados del siglo pasado, la prohibición del cannabis hizo que su consumo aumentara, porque la idea es precisamente que lo prohibido es más deseado, y por lo tanto, al elevarse el consumo, sería más sencillo encarcelar consumidores. Sin embargo, ya en la década del 60, el movimiento hippie revolucionó culturalmente este aspecto: ahora eran los jóvenes de clase media, rubios y blancos, quienes consumían marihuana.

 

Así, llegamos a una actualidad donde el cannabis está siendo cada vez más naturalizado por las generaciones jóvenes. De tal modo que muchos países, principalmente Estados Unidos, empezaron a notar que la prohibición no sólo genera un mercado negro peligroso, sino que también incrementa el consumo y hace perder millones de dólares a las arcas del Estado.

 

Prohibido prohibir

 

La cuestión de la ilegalidad de algunas sustancias es, algún punto, comparable con la prohibición del aborto. Y sin dudas no es casualidad que ambos debates estén hoy en boga en gran parte del mundo. Lo que hay que entender es que legalizar no es aceptar, ni fomentar, ni muchos menos obligar. Se trata de madurez, de aceptar lo que existe, de no esconder los problemas bajo la alfombra de la moral.

 

Los abortos existen, se prohíban o no. Y lo mismo ocurre con las drogas ilegales. Como sociedad, debemos plantearnos qué hacemos con los adictos, o en todo caso cómo proceder frente a una persona que, debido al consumo de drogas, pone en riesgos a terceros. Esto, por supuesto, pensando tanto en las drogas ilegales como las legales, por ejemplo, el alcohol, el tabaco o los psicofármacos.

 

De a poco, luego de años de leyes absurdas, parece que el mundo está despertando a una nueva realidad: algunas drogas, en especial el cannabis, están siendo legalizadas en gran parte del planeta, y quizás sea el nacimiento de una nueva forma de relacionarnos con ellas. Sin dudas, lo peor es el desconocimiento, la ignorancia, el miedo, porque cuando el miedo aflora se convierte en una sustancia controladora casi tan dañina como el crack.

 

 

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