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Videojuegos, arte y el paso del tiempo

En estos últimos meses se ha hablado mucho sobre la potencia de las próximas consolas de videojuegos, siendo Xbox claramente superior a la PlayStation 5. Sin embargo, esto trae a colación debates sobre qué tanto importa la potencia gráfica, ya que en un par de años muchos de los juegos van a haber “envejecido”.

Evidentemente la potencia gráfica es importante en las nuevas generaciones, no sólo a nivel superficial sino también porque los nuevos motores pueden traer nuevas posibilidades a los desarrolladores. Sin embargo, todo esto es insustancial si las consolas no tienen buenos videojuegos que las sustenten y soporten el paso del tiempo, error que ya cometió la Xbox One en la generación vigente, razón por la cual Microsoft, empresa encargada de Xbox, ha ido tomando decisiones multiplataforma para no caer más y así, irónicamente, ayudar a la preservación del videojuego y mejorar la accesibilidad para sus usuarios.

Todo esto denota que estas preocupaciones son temporales (pero no por ello banales), porque en un futuro vamos a estar jugando muchos de los juegos de estas consolas en emuladores, pero hasta que eso pase cabe preguntarse: ¿esta generación va a envejecer bien?

Es normal mirar al pasado con cierta nostalgia y respeto: no sólo porque se suele glorificar lo que ya no es presente, o decir que todo tiempo pasado fue mejor, pero en el medio de los videojuegos se suele olvidar con frecuencia lo importante que fueron sus orígenes y cómo  sirvieron de cimiento para el presente. Muchos miran la época de los 80 como una pieza de valor únicamente arqueológico, sin caer en cuenta de que la mayoría de juegos de esa época, sobre todo los de Nintendo, fueron tan importantes para la industria que pueden seguir siendo jugados hoy como si fuese el día de lanzamiento: ideas de diseño como las de Shigeru Miyamoto como la exploración en “The Legend of Zelda”, o el salto y diseño consecuente a este en “Super Mario Bros”, siguen siendo aplicadas y tenidas en cuenta en videojuegos actuales.

Este valor atemporal de los videojuegos viene implícito por los grandes autores que tiene detrás, quienes han escrito gran parte de la historia de este medio. Aun así, muchos defienden este valor atemporal diciendo que los videojuegos son una forma moderna de arte, y el arte no envejece, lo cual puede ser cierto, porque lo que realmente envejece es la tecnología que rodea a los videojuegos, no las obras en sí. Sin embargo, este debate casi siempre revive con el cambio de generación y, sorpresivamente, a quienes más les importa si este medio es arte o no suele ser a la gente que no le interesa o que lo conoce desde afuera.

El caso que ejemplifica esto es el de Jonathan Jones en 2012, crítico de arte, quien escribió un artículo para la revista The Guardian argumentando por qué los videojuegos no pueden ser y nunca serán arte. La idea de este artículo no es desmentir sus palabras, algo que ya han hecho muchas páginas en internet y hasta el propio Keith Stuart en la misma revista y el mismo año.

Uno de los argumentos que utiliza Jonathan es que los videojuegos no poseen una “visión de autor” implícita, porque son mundos virtuales creados para que un jugador interactúe, y no  que meramente exponga las ideas de su creador. Pero justamente en la creación de ese mundo y sus reglas, y las ideas de diseño expresadas, es donde se representa al autor o director en todo su esplendor, y por las que un aficionado al medio puede reconocer inmediatamente el estilo de ciertos autores con solo ver un trailer.

Todos los legados que dejó Shigeru Miyamoto son parte de su visión sobre los videojuegos y sus posibilidades, y es gracias a la relación entre el jugador y el autor que cobran sentido. Es por esta relación intrínseca que los videojuegos resisten al paso del tiempo: porque las ideas de sus autores, en el momento en que los diseñaron, van a seguir expresadas en ese código digital para siempre, para que cualquiera pueda experimentarlas, aprender de ellas y expresarlas en ese mundo digital construido.

El arte puede ser expresado de muchas maneras: no siempre se necesita de una historia para hacer arte, y claros son los ejemplos de la danza o la música, artes populares que no tienen la necesidad de contar nada en concreto. Los videojuegos, sin embargo, son más parecidos al teatro, pero no desde el lado de un espectador, sino del de un actor: nosotros, como jugadores, tenemos que interpretar un rol que se nos ha asignado, el cual puede ser más o menos moldeable dependiendo del director, y depende únicamente de nosotros qué tan bien lo hagamos bajo sus expectativas y reglas impuestas. El desafío puede ser una consecuencia de las intenciones del autor para expresar un viaje o una historia de superación, que nosotros deberemos superar a través de la interacción con un control o un teclado.

Al final, como expresa Keith Stuart, no podemos saber a ciencia cierta si los videojuegos son arte o no, para eso primero el mundo debería ponerse de acuerdo sobre qué es el arte, lo cual no es menester de este medio, ni nunca lo fue.  Los videojuegos no necesitan ser considerados de tal manera para ser relevantes porque ya tienen una fuerte relación entre autor y jugador: director y actor, la cual los hace inmunes al paso del tiempo, grabando las experiencias en nuestra memoria casi para siempre, objetivo principal de cualquier diseñador de videojuegos.


Fuentes
Xbox Series X vs. PlayStation 5, en https://www.cnet.com
Are video games art: the debate that souldn’t be, en https://www.theguardian.com
Sorry MoMa, video games are not art, en https://www.theguardian.com/

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