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La Conjura de los Necios, de John Kennedy Toole

Esta versión moderna del Quijote de Cervantes es sin dudas una de las grandes novelas norteamericanas del siglo XX. Dueña de un estilo único, una lucidez apabullante y un humor desbordante, La Conjura de los Necios es hoy un exitoso libro de culto que, sin embargo, en su momento tuvo incontables problemas de publicación.

Es difícil ser objetivo con La Conjura de los Necios. Es por eso que tal vez la novela cuente con tantos fanáticos. Pero en realidad es difícil alcanzar la objetividad en cualquier análisis o comentario sobre libros o lo que sea. En este caso, no pretenderemos ninguna verdad al hablar sobre la novela de Kennedy Toole, simplemente porque nos gusta demasiado. De hecho, hay pocos momentos literarios tan divertidos y gratificantes como leer La Conjura. Otro sería el Quijote, en especial el segundo tomo.

Tampoco sería justo decir que la mirada aquí expuesta es puramente subjetiva. Hay en la novela elementos de indudable calidad literaria. De alguna forma es como si Cervantes y Kafka se hubiesen juntado a beber unas copas, y en una noche hubiesen creado un personaje memorable, el protagonista Ignatius J. Reilly, un Quijote absurdo y obeso. Dicho de otro modo, los méritos de esta obra trascienden la opinión de una persona, y hasta de un grupo de personas, porque su alcance la ubica entre las grandes creaciones populares del siglo pasado. Y cuando eso ocurre la objetividad parece estar un poquito más cerca.

Este es un libro que le ha cambiado la vida a muchos, que ha demostrado que la literatura puede ser entretenida, graciosa y profunda, y que todavía funciona porque nos interpela y a la vez interpela el mundo en el que vivimos, esa auténtica conjura de necios. Ignatius se coloca en la posición del incomprendido, del outsider, sin poder nunca funcionar por fuera de los parámetros de la sociedad. Es una pieza disonante dentro del mecanismo social, pero tan solo una pieza más. En algún punto, todos nos sentimos identificados con eso.

Ignatius J. Reilly es grande en todos los sentidos: una gran bolsa de confusión, aprendizaje mal aplicado y pereza, propenso a gritar en las pantallas de cine, discutir con extraños y molestar a todos con los que entra en contacto. Al comenzar la novela, Ignatius está a punto de ser arrestado por un incidente que pone en marcha deudas, revueltas en el lugar de trabajo, romance de ancianos, espectáculos burlescos protagonizados por pájaros y un intento fallido de convencer a los ejércitos del mundo de que depongan las armas a favor de lo que una vez se denominó amor.

Si quisiéramos contar la trama de La Conjura nos resultaría bastante difícil porque en realidad la novela está estructurada como una serie de escenas que, en general, involucran a Ignatius llegando a algún lugar, insultando a todos los que encuentra y teniendo que huir para evitar el arresto o la violencia. Es un personaje odioso y es fácil entender cómo algunos lectores pueden sentirse abrumados por él. Pero Toole se da cuenta de que su personaje principal es un payaso, y si puedes reírte de él tanto como con él resulta en verdad agradable pasar tiempo con el protagonista y ver cómo reacciona de forma exagerada. Algo similar ocurre con, por ejemplo, Homero Simpson, un personaje al que muchos adoran desde lejos pero seguramente odiarían de cerca.

La escritura en sí es excelente, versátil y muy hábil, una mezcla de los floridos diálogos regionales y de absurdo. Más allá de Ignatius, el libro presenta una sólida gama de personajes, cada uno con su propia voz. Está el aburrido y ausente propietario de Levy Pants, el negocio en el que Ignatius se ve obligado a trabajar para pagar los daños que causó luego de accidentar el coche de su madre. Allí está el dueño, el conserje y el fracasado artista erótico de la “Night of Joy”, un horrible club nocturno que Ignatius acaba llevando a la ruina. Está también su sufrida madre, a quien un nuevo amigo le aconseja que envíe a Ignatius al manicomio.

Capturando a estos personajes, el libro de Toole utiliza una variedad de voces que los escritores de hoy en día probablemente no utilizarían, desde la estilizada lengua vernácula afroamericana hasta otros estereotipos de la época. Al mismo tiempo, los personajes detrás de estas voces mantienen su propia personalidad y nunca caen en la mera caricatura. El propio Ignatius es el personaje más caricaturesco del grupo. Tiene un tono desagradable para las mujeres, y tampoco es del todo coherente, actuando de forma aprensiva en todo lo referente al sexo, pero mostrando más tarde una aptitud para la lujuria y el chantaje. Sin embargo, la consistencia no es necesariamente la raíz del humor, y Toole es divertido en todo momento.

El trasfondo de la novela

John Kennedy Toole se suicidó antes de publicar su libro. Muchas carreras literarias prometedoras han terminado de manera similar, pero no tuvieron una defensora tan comprometida e intrépida como la madre de Toole, Thelma, quien después del suicidio de su hijo dedicó sus esfuerzos a ver publicada la obra.

Toole era un escritor nato, pero la falta de reconocimiento le llevó a dudar de su capacidad. A pesar de haber escrito su primera novela, The Neon Bible, a los dieciséis años, luego la descartaría por “adolescente” y la denunciaría simplemente como “mala”. Las circunstancias de la creación de La Conjura fueron poco ortodoxas. Toole tuvo que poner en suspenso una carrera académica cuando fue reclutado por el ejército americano en 1961, y escribió la novela mientras estaba destinado en Puerto Rico, donde era responsable de enseñar inglés a los reclutas españoles.

Cuando dejó el ejército, se mudó con sus padres por un tiempo para completar el libro. Incapaz de encontrar el empleo académico que buscaba, se convirtió en vendedor de salchichas en la calle. Toole terminó de escribir su obra maestra en 1964, y envió su manuscrito al editor Robert Gottlieb de Simon & Schuster. Gottlieb pudo reconocer la originalidad de la voz de Toole y su extraordinaria invención cómica, pero tras un largo y agonizante periodo de indecisión finalmente rechazó publicarla en 1966.

El escritor, decepcionado, continuó su carrera académica y luego, tras un descenso a la paranoia y la inestabilidad mental, se metió en su coche en marzo de 1969 y terminó con su vida. Dejó una nota de suicidio a su madre, que ella describió como “despotriques de un loco”. Sin embargo, después de que Thelma se recuperó del shock de la muerte de su hijo de 31 años, dedicó sus esfuerzos a ver publicada la novela abandonada. En 1976 se la envió al autor Walker Percy, quien leyó el manuscrito con gran reticencia para librarse de la madre, pero pronto registró la grandeza de la novela. Finalmente, La Conjura fue publicada por la Louisiana State University Press en 1980, y consiguió excelentes críticas, ventas de un millón y medio de copias, y el Premio Pulitzer: una reivindicación adecuada y tardía para el desgraciado y talentoso Kennedy Toole.

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