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Traductor, traidor

¿Se puede realmente traducir un texto? ¿Los idiomas son intercambiables? ¿O cuando alguien reemplaza una palabra está escribiendo de nuevo? El dilema de los traductores es tan viejo como el lenguaje, y los italianos lo resolvieron con su famosa máxima: “traduttore, traditore”.

Es realmente imposible a esta altura saber si la palabra de Dios es en verdad la palabra de Dios. Más allá de las creencias personales, cada palabra de la Biblia pasó por varios traductores que, al traducirlas, cambiaron su significado. Y no porque fueran malos traductores, sino porque en el mismo hecho de traducir hay una tergiversación, lo que en Italia llamarían “traición”. Por eso se dice que los mejores traductores son aquellos que asumen esa condición y aportan desde su lugar un significado que va más allá de cambiar palabra por palabra. Un ejemplo literario de esto son las traducciones hechas por Julio Cortázar de los cuentos de Edgar Allan Poe.

El inmenso número de lenguas vivas en el mundo, estimado en unas 6000, cada una con sus propios dialectos, modismos y expresiones, crea una riqueza y una singularidad en las diferentes nacionalidades. La traducción es una parte enorme del lenguaje, con efectos profundos y duraderos en la lengua receptora. Y puede ser particularmente peligrosa en un área como la política, donde incluso una pequeña mala interpretación de una palabra o frase puede llevar a que un discurso brinde un mensaje contrario. Esto podría, por ejemplo, podría arruinar las relaciones exteriores, o en circunstancias extremas, llevar a una guerra.

Los políticos que no conocen el idioma de sus “enemigos” o socios tienen que depender completamente de los que sí lo conocen, y esta dependencia genera incertidumbre e incluso miedo. Esto es muy frecuente en el caso de Donald Trump. Su gusto por los malapropismos y la terminología imprecisa hace que el trabajo de los traductores sea muy confuso. Esto significa que los traductores a veces deben cambiar lo que Trump ha dicho, ya sea para que sus palabras sean más concisas o porque no hay realmente una palabra equivalente en otro idioma.

Los problemas de traducción en el cine y la literatura son mucho menos arriesgados, pero aun así pueden acarrear notables consecuencias, principalmente la pérdida de humor y de frases idiomáticas. Virginia Woolf una vez afirmó que “el humor es el primer regalo que muere en un idioma extranjero“. El uso del lenguaje idiomático en la literatura también presenta grandes dificultades. Podría decirse que, de todos los diferentes tipos de literatura, la poesía es la más difícil de traducir. La esencia misma de la poesía se construye usando las cualidades estéticas y rítmicas del lenguaje. Estos matices son los que componen la base del poema, y al erradicarlos se cambia completamente la visión del poeta.

El cine, al igual que la literatura, es difícil de traducir por el uso de modismos. Sin embargo, la razón por la que la traducción en el cine es tan traicionera se debe principalmente a los subtítulos o al uso del doblaje en sí. Estos métodos de traducción en idiomas extranjeros desmerecen completamente la experiencia de ver la película. Ambas opciones son malas: con los subtítulos estás tan ocupado leyéndolos que pierdes la acción en pantalla, y con el doblaje el espectador se molesta por la falta de sincronización temporal. En esta área no es generalmente la traducción en sí misma lo que es precario, sino que el método de transmisión de la traducción.

La traducción puede ser peligrosa también en el mundo de la publicidad. Varias empresas globales han tenido dificultades para traducir sus creativos eslóganes a otros idiomas. Un ejemplo es el banco británico HSBC. En 2009, el banco tuvo que lanzar una campaña de cambio de imagen de 10 millones de dólares cuando su eslogan “Assume nothing” (“No asumas nada”) se tradujo como “Do nothing” (“No hagas nada”) en ciertos países. Las dificultades de traducción deben ser muy frustrantes para las grandes empresas que quieren una campaña publicitaria coherente. Como mínimo, las empresas se ven obligadas a adaptar el significado de las palabras y frases utilizadas en publicidad.

En la vida cotidiana también se pueden ver los límites de la traducción. Hay muchas palabras en diferentes idiomas que o bien no tienen una traducción posible, o bien la palabra tiene un componente cultural que no se puede transmitir. Una palabra española que entra en esa categoría es “siesta”, que algunos países anglosajones conocen y usan pero que no tiene una traducción. Siesta se traduce normalmente al inglés como “nap”; sin embargo, no tiene las mismas connotaciones culturales que la palabra “siesta”. Una “siesta” es un tipo particular de descanso, que tiene sentido en países donde las tardes de verano son calurosas. Esto no sucede en países como Inglaterra. Y la traducción se complica aún más cuando los idiomas tienen una sola palabra para describir algo, pero otros tienen que usar muchas palabras para lograr el mismo significado.

Los peligros potenciales de la traducción se cuentan por miles y miles en Internet, en especial por el uso generalizado de los traductores online. Con todos los inconvenientes de la traducción que se han mencionado, es inimaginable el alcance de la mala interpretación y los malentendidos que pueden surgir cuando una computadora es responsable de la traducción.

En definitiva, es inevitable que en la mayoría de los casos el traductor sea un traidor. Transmitir tanto el significado literal de lo que se dice o escribe, como los matices que hay detrás y la expresión con la que se dice, es una tarea difícil por no decir imposible. Sin embargo, según la ATA (Asociación Americana de Traductores), el número de personas empleadas en la industria de la traducción se duplicó entre 2010 y 2017. Parece que el número de “traidores” no hace otra cosa que crecer.


Fuentes
“Traduttore, Traditore” and Translating the Untranslatable, en https://bunnystudio.com
http://www.carlsensei.com/docs/essays/translation.pdf
Traduttore, Traditore: Is Translation Ever Really Possible?, en https://daily.jstor.org

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