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¿Por qué la televisión es el nuevo cine?

Desde el comienzo de la Nueva Era Dorada de la televisión, la percepción del público sobre la antes llamada “caja boba” ha cambiado drásticamente. Consumidores, críticos y artistas coinciden hoy en que las series son arte, al igual que el cine. ¿Qué factores provocaron esto? ¿Qué características hacen que la televisión se haya vuelto tan atractiva?

A comienzos de este siglo, HBO produjo tres series que cambiarían para siempre no sólo la historia de la televisión, sino también el modo de narrar una historia. Hablamos de “The Sopranos”, “Six Feet Under” y “The Wire”. Por supuesto que nada surge del vacío, y para entonces la televisión ya había producido programas que impulsaron la tendencia que confirmarían las series de HBO. Algunas de ellas son igual de fundamentales: “Seinfeld”, “The Simpsons”, “The X-Files” y “Twin Peaks”.

Pero fueron las producciones de HBO las que aprovecharon el formato mismo de la televisión y lo elevaron a la categoría indiscutida de arte popular. Hoy queda más en evidencia, pero ya entonces, a comienzos de los 2000, quedaba en evidencia que una serie como “The Sopranos” estaba a la altura de las grandes historias de ficción. Es muy probable que unos años se considere a esa serie como hoy se considera al Quijote de Cervantes, es decir una obra cúlmine, brillante, que a la vez inaugura, consolida y eleva la estética de su medio.

Lo mismo puede decirse de “The Wire”: obras contundentes y poderosas, pero no a pesar de ser shows televisivos, sino precisamente por eso. Las nuevas series de HBO aprovecharon como nunca la duración de los programas, de una hora sin cortes, y lo episódico de la narrativa. Dicho de otro modo, los creadores se dieron cuenta de que la televisión les daba la oportunidad de hacer algo similar al cine, pero principalmente a la novela literaria. Si el cine es un cuento, la televisión tendría que ser una novela.

De hecho, cuando se terminan de ver esas tres grandes obras maestras la sensación es muy parecida a la de terminar una larga novela. El espectador/lector se encariña con los personajes, o los detesta, pero no puede despegarse de ellos, que parecen seres vivos, que respiran y sufren en pixeles. Por ejemplo, para lograr la empatía de un espectador hacia un personaje, el director o guionista de una película debe, por la duración del relato, utilizar recursos más bien escuetos. Algo similar, como se ha dicho, sucede con los cuentos, donde nada debería estar de más. Si un personaje muere o lo que ocurre algo importante, el espectador debería sentirse involucrado.

En las series, la duración hace más fácil y genuino este proceso. En “The Sopranos”, un programa sobre mafiosos, el espectador termina por tener opiniones sobre cada personaje, le importa su vida y su destino porque ha destinado largas horas junto a ellos. Esta es una ventaja inapreciable, una herramienta que le permite a la televisión hacer algo que el cine nunca podría hacer. Y cuando un formato encuentra eso, de inmediato se despega y cobra relevancia y fuerza.

La tercera de las nombradas, “Six Feet Under”, trata sobre una familia dueña de una funeraria. Ese es casi todo el argumento, y sin embargo funciona de maravillas. En cada capítulo se presenta la muerte de un anónimo que la familia protagonista deberá velar. Es, por supuesto, una serie sobre la muerte, el duelo y la tristeza, pero al mismo tiempo es una comedia. Pero lo que hace única a “Six Feet Under” son sus personajes. En cinco temporadas, el espectador quiere a esa familia como si fuera propia. Cuando sufren ellos, sufrimos todos. Cuando son felices, también. En cine, “Six Feet Under” hubiese sido quizás una buena película. En la televisión, es una obra maestra.

La, por así decirlo, lucha entre la televisión y el cine tiene larga data, al igual que a comienzo del siglo XX la batalla era entre el teatro y el cine. En sus comienzos, el cine no era más que una mímica del teatro: los actores se ubicaban en escenarios fijos, parecidos a un escenario, y la cámara también estaba quieta. Por entonces, el teatro era un arte indiscutido y el cine era apenas el opio de los pueblos, es decir un mero entretenimiento barato. Con artistas como Buster Keaton y Alfred Hitchcock, esta percepción fue cambiando, pero lo más importante fueron los avances tecnológicos. Al incorporar el sonido, el color y más tarde las pantallas enormes, el cine cobró relevancia por sí mismo. Algo similar sucede con la televisión.

La llegada de las nuevas tecnologías potenció las habilidades adquiridas por los creadores. Con Netflix y otras plataformas similares, sumado a la creciente nitidez y tamaño de los televisores familiares, el arte de los programas de televisión también se elevó. Antes, una serie como “Breaking Bad” no se podría haber apreciado en su plenitud por el mismo formato de los televisores. Hoy, si bien la experiencia de la sala de cine es única, quedarse en casa viendo series de calidad es una gran opción incluso para los más cinéfilos.

Del mismo modo, directores y actores de cine empezaron a pasarse a la televisión. El formato ahora les permitía desarrollar su arte y, al mismo tiempo, explorar un nuevo formato, con sus características desafiantes y estimulantes.  ¿Por qué no podríamos suponer que, en el fondo, la televisión también es cine? Es decir, capaz de tener todas las cualidades y características del séptimo arte. Los directores se preguntaron y se preguntan esto, y la mejor respuesta quizás sea que el mismo cine es un arte experimental, novedoso, tecnológico. No tiene nada extraño, entonces, que la televisión beba y se nutra del cine.

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