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La relevancia del color dentro de las galerías de arte

Pocos reconocen la importancia que tienen los matices de colores que eligen las galerías de arte para pintar las paredes de cada una de sus exhibiciones. A pesar de que el blanco se considera el color estándar para que los espectadores puedan apreciar una obra sin distracciones, existen galerías que optan por los más variados matices. Dependiendo de la visión tanto del artista como del curador de cada institución, los colores que adornan las galerías de arte modernas pueden ser tan eclécticos como las obras de sus artistas.

“El mundo exterior no debe ingresar, así que las ventanas generalmente están cerradas. Las paredes están pintadas de blanco… El arte es libre, como decía el dicho, para que tenga vida propia”. Así describe el crítico de arte irlandés, Brian O’Doherty, al marco estético de una galería de arte en su clásico libro de 1976, “Dentro del Cubo Blanco”.

En su elaborado análisis acerca de la gama de colores que las galerías y museos elijen para pintar sus paredes, O’Doherty realiza comparaciones que justifican la predominancia del color blanco. Lejos de tratarse simplemente de su condición neutra al no ser considerado como un verdadero color por la ciencia –ya que se trata de la suma de todos ellos-, el crítico aduce que la razón de su extenso uso es la de otorgarle a la muestra artística un ambiente de solemnidad atemporal.

En su libro, O’Doherty considera que la galería de arte busca generar un espacio que asemeje al aura sagrada de una iglesia, la austeridad de un tribunal de justicia y la mística de un laboratorio. Pero, si bien estas comparaciones quizás no puedan ser compartidas de manera unánime, su justificación acerca del uso del color blanco para que los espectadores enfoquen toda su atención en cada obra tiene buenos fundamentos.

Sin interferencias visuales entre el color de fondo y la obra en sí, el uso del color blanco parece cumplir con el objetivo de presentar sin distracciones las características de cada trabajo artístico. El crítico británico Martin Herbert considera que ésta es, además, una táctica utilizada para que las obras de arte tengan más chances de venderse. Poco podría discutirse acerca de los beneficios de presentar comercialmente un producto en un trasfondo blanco, color considerado como un sinónimo de pureza y energía positiva.

Tanto Herbert como O’Doherty comparten la opinión de que el uso del color blanco dentro de las galerías de arte no sólo le otorga a cada uno de estos espacios un ambiente de esterilidad, sino que los asemeja a bien iluminados supermercados. Yendo aún más allá, el crítico inglés asegura que la elección de este color va a tono con la mentalidad elitista de los intelectuales modernos, la mayor parte de ellos pertenecientes a la alta sociedad.

Históricamente, los análisis de ambos críticos tienen su fundamento. A fines del siglo XIX, la llegada al arte de la corriente modernista dejó atrás a los salones de exposición que exponían las obras en un marco repleto de ornamentos dorados y colores vistosos.

Esta tendencia de sobrecargar los ambientes de presentación de los trabajos de cada artista dio lugar a espacios simples pintados de blanco, en donde el espectador pudiera apreciar las obras sin superfluas distracciones.

Con ello, también fue posible generar una mayor cohesión entre las distintas galerías de arte de un mundo cada vez más globalizado, pudiendo la concurrencia experimentar la misma familiaridad y comodidad en una exhibición de Nueva York, Londres o Australia.

Sin embargo, la realidad es que, si bien el blanco continúa siendo el color predominante, se trata de una cuestión más bien heterogénea, en donde cada uno de estos espacios culturales organiza la estética de sus galerías de acuerdo a sus propias preferencias.

El Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, por ejemplo, es considerado como el encargado de institucionalizar al blanco como el color preferencial a la hora de generar un espacio neutro para exhibir las obras de arte. Y, si bien es cierto que el MoMA hace un extenso uso del blanco para cubrir las paredes de sus salones, esta prestigiosa galería no tiene problemas en utilizar diversas paletas que van desde el azul oscuro hasta el carmesí. 

En cuanto a la elección de un determinado color para presentar una exhibición de arte, las galerías consultan tanto a los curadores de las mismas como a los propios artistas. Pero, si bien se trata de una preferencia que puede servir para realzar la presentación de un conjunto de obras de arte, no se debe descontar que un temporal cambio de color en las paredes de una galería de arte conlleva un considerable gasto económico.

A pesar de que el análisis de los críticos O’Doherty y Herbert está bien fundado, no sería correcto afirmar que todas las galerías de arte pueden encuadrarse bajo el concepto de “Cubos Blancos”.

Tal es el caso del afamado Rijks Museum de Amsterdam, en donde un tour virtual nos permitirá recorrer sus vastos salones adornados con vistosas columnas doradas, cúpulas con extensos ventanales y paredes pintadas de un azul mate. Sucede lo mismo con la National Gallery de Londres, en donde los colores ocre y violeta oscuro dominan los fondos de varias exhibiciones.

Y, contradiciendo la percepción de aislamiento del mundo exterior que propone O’Doherty, el museo español Guggenheim Bilbao posee una enorme cantidad de ventanales que ofrecen una visión casi completa de las afueras de la galería. Aún más todavía, cuando el visitante ingresa al Salón central, se encuentra con el gigantesco atrio de vidrio diseñado por el arquitecto Frank Gehry, el cual permite que todo el interior sea iluminado por la luz solar.

De acuerdo a Betty Fisher, consultora de diseño del MoMA: “Las decisiones acerca del color pueden extenderse hasta el cierre (de la exhibición); las personas se obsesionan con los colores, y algunas más que otras”. En este sentido, tanto curadores como artistas consideran al color que adornan las paredes de una muestra como una parte integral de ella.

Galerías de arte como el MCA Chicago, el Museo Metropolitano de Arte, Musée Rodin y hasta el Palacio de Versailles -entre muchos otros- asiduamente utilizan la exclusiva paleta de colores de la empresa británica Farrow & Ball para cubrir las paredes de sus exhibiciones. Sus artesanales pigmentos a base de arcilla china y tiza se distinguen por sus cualidades delicadas que inclusive absorben la luz, lo que los convierten en los preferidos de los principales museos y galerías de arte del todo el mundo.

Además del aspecto estético, un color determinado puede servir para unificar la muestra de un artista dentro de un salón de exposición, tal como lo hizo el curador Barry Bergdoll para guiar al visitante a través de las 12 mini-exhibiciones del arquitecto Frank Lloyd Wright en una presentación realizada en el MoMA en 2017.

Finalmente, podemos decir que las apreciaciones de O’Doherty y Herbert son tan correctas como erróneas. Si bien el blanco es el color más utilizado por gran parte de las galerías de arte de todo el planeta para cubrir sus paredes, muchas de ellas colaboran con curadores y artistas para definir la tonalidad de los fondos de cada muestra.

Así lo asegura el curador y diseñador gráfico Prem Krishnamurthy: “…la mayoría de las exhibiciones más importantes de la primera mitad del siglo XX consideraban al color como una parte integral de la experiencia”. Esta es una afirmación que resulta ser tan cierta para describir la importancia del color en las galerías de arte de aquella época, como lo es en la actualidad. 

 

Referencias:
Herbert, M. (21 de Enero de 2021). What the ‘White Cube’ Means Now. ArtReview. Obtenido de https://artreview.com/
Kwun, A. (10 de Diciembre de 2018). The Secret Paint Colors That Renowned Art Museums Love. Artsy. Obtenido de https://www.artsy.net/

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