Written by ciencia y tecnologia

Una historia de esclavitud

Al compartir más del 98% de su ADN con los humanos, los chimpancés han sido utilizados por décadas en investigaciones y experimentos científicos. Sin embargo, hoy en día gran parte de los investigadores reconocen que, cuestionamientos éticos aparte, estas prácticas distan de ser significativas porque las especies son más diferentes de lo que se pensaba.

La triste imagen de monos encarcelados en laboratorios es un lugar común. La hemos visto más que nada en películas, pero también es una realidad que, hasta hace poco, era habitual y se justificaba al decir que la vida de un humano vale más que la de un chimpancé. Es decir, se ponía por encima la cantidad de vidas que se podían salvar con la experimentación científica en animales.  

Sin embargo, hoy se sabe que todo eso es un mito. Los científicos reconocen cada vez más que las diferencias entre especies son significativas, y las preocupaciones éticas aumentaron al conocerse las complejas habilidades sociales de los chimpancés. Carl Sagan, el célebre astrónomo y astroquímico estadounidense, se preguntó cierta vez: “¿Cuán inteligente tiene que ser un chimpancé para que matarlo constituya un asesinato?“.

Esta historia de esclavitud y tortura es, en gran parte, tan difícil de erradicar porque comenzó hace muchísimos años. En la antigüedad, los científicos utilizaban animales para principalmente satisfacer su curiosidad anatómica. Los primeros médicos-científicos griegos realizaban experimentos con animales vivos. Herófilo y Erasístrato, por ejemplo, examinaron los nervios sensoriales, los nervios motores y los tendones para comprender sus diferencias funcionales.

Galeno de Pérgamo, médico griego que ejerció en Roma durante el siglo II, realizó experimentos con animales en las áreas de anatomía, fisiología, patología y farmacología; fue el primero en describir las complejidades del sistema cardiopulmonar, y también especuló sobre el funcionamiento del cerebro y la médula espinal.

Un médico árabe del siglo XII, Ibn Zuhr, investigó procedimientos quirúrgicos en animales antes de aplicarlos a pacientes humanos. El interés por la anatomía y los métodos científicos se reavivó cuando se redescubrieron los registros de Galeno durante el siglo VI. En esa época, los científicos solían realizar experimentos como demostraciones públicas; tal fue el caso de Andreas Vesalius (1514-1564) y sus estudiantes en Padua, Italia. Mediante la vivisección sistémica, Vesalio abría un animal vivo, normalmente un perro, y a medida que se localizaba cada órgano los estudiantes especulaban sobre su función.

Uno de los alumnos de Vesalio, Realdo Colombo, sacó un feto del vientre de una perra, y al herir al cachorro recién nacido provocó un ladrido furioso de la madre. A continuación, acercó el cachorro a la boca de la perra; lamiéndolo con ternura, ella mostró más preocupación por su cría que por su propio sufrimiento. Esto llevó a los científicos a sacar conclusiones sobre el supuesto espíritu materno, presente en toda la naturaleza.

Ya en el siglo XX,  el uso de animales para la investigación científica adquirió una gran importancia. En 1937, una empresa farmacéutica de Estados Unidos creó un preparado de sulfanilamida utilizando dietilenglicol (DEG) como disolvente. La empresa no sabía que el DEG era venenoso para los humanos, y el producto provocó un envenenamiento que causó la muerte de más de cien personas. Las protestas no se hicieron esperar, y finalmente llevaron a la aprobación de la Ley Federal de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos de 1938, que exigía la realización de pruebas de seguridad en animales.

A partir de entonces, la experimentación en animales, en especial chimpancés, se volvió una práctica usual. De hecho, la gran mayoría de los premios Nobel en Medicina fueron otorgados a investigadores que hicieron estudios con animales. El caso más reciente de primates en la investigación ganadora del Nobel se produjo en 1981: Roger W. Sperry, David H. Hubel y Torsten N. Wiesel recibieron el galardón por su trabajo sobre las funciones cerebrales. Al estudiar a los monos, Sperry descubrió que los nervios que conectan los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro podían cortarse sin causar ningún cambio drástico en los monos.

En el siglo XX, con el avance de la tecnología y la psicología se produjeron algunos de los experimentos más crueles sobre primates no humanos. En 1970, el neurocientífico Robert White tomó la cabeza decapitada de un mono y la unió al cuerpo decapitado de otro mono. El experimento fue, de algún modo, un éxito: la cabeza del mono “se despertó” e intentó morder a uno de los miembros del equipo de White; de hecho, el animal consiguió mantenerse con vida durante un día y medio, aunque no pudo mover su cuerpo .

Varios años antes, en 1927, el científico soviético Il’ya Ivanov partió hacia África para capturar un grupo de chimpancés hembras, inseminarlas con el esperma de humanos y crear un híbrido hombre-simio. Por supuesto, no funcionó. Pero el cruel Ivanov no se dio por vencido y regresó a su país para inseminar a las hembras humanas con esperma de simio. Esto, como era de esperarse, tampoco funcionó, y el científico terminó encarcelado en 1930. Murió dos años después.

Ya más de cerca de nuestra época, las cosas parecen haber cambiado un poco. En 2015, la Facultad de Medicina de Harvard anunció que cerraría su centro de investigación con primates. Según especialistas, esta decisión, como mínimo, ralentizaría el ritmo de investigación de las enfermedades que afectan a la salud humana. Por otra parte, el National Institues of Health (NIH), un organismo dependiente del Ministerio de Salud de Estados Unidos, anunció que también reduciría el uso de chimpancés en investigación biomédica. El NIH tiene hoy previsto conservar, pero no criar, hasta 50 chimpancés para futuras investigaciones, y sólo los proyectos de investigación que cumplan ciertos principios y criterios podrán utilizar chimpancés.

El debate sobre la explotación humana sobre los animales, y la naturaleza en general, está hoy más en boga que nunca. Al mismo tiempo, luego de la pandemia por COVID-19, la población global ha sentido la imperiosa necesidad, cuesta lo que cueste, de avances científicos frente a enfermedades. La gran pregunta de fondo es: ¿estamos aquí, en este planeta, para sacar provecho y explotar la naturaleza, o simplemente para admirarla y cuidarla?

 

Referencias:
Primates in Laboratories, en https://www.peta.org
NIH research involved frightening monkeys in cages, en https://www.washingtontimes.com
Chimpanzee Research: Overview of Research Uses and Costs, en https://web.archive.org

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