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La lucha del lenguaje inclusivo

La lengua es eminentemente ideológica. Es un espejo de la sociedad. Y es que toda persona está atravesada por su lengua. Atravesada en el sentido de que piensa con su lengua y se expresa con su lengua. Aun cuando no nos demos cuenta, la lengua nos moldea y moldea nuestro mundo. Vemos a través del cristal que ella misma nos asigna.

Recordamos en nuestras cabezas una gama de hasta 15 o 20 colores para quienes están familiarizados con ellos (aunque percibimos miles de matices) y llamamos a un abuelo simplemente abuelo (aunque en sueco se distinga el abuelo materno del abuelo paterno con un nombre propio que lo especifica). Para formularlo de modo más sencillo, la lengua nos ofrece un abanico limitado de posibilidades que, a menos que nos pongamos a reflexionar sobre el asunto, tomamos como dado. Como el único posible. Por ejemplo, que mi abuela nos haya llamado siempre para ir a comer a la mesa con el popular “Niños a comer” mientras que en el grupo de primos también habían niñas.

Si bien es cierto que en los ámbitos académicos el tema no es nada nuevo, la discusión sobre el género y la lengua ha estallado en nuestra sociedad hace apenas unos años Pero ¿de qué género se trata?

Se han puesto en diálogo dos tipos de género: el género gramatical y el género social. El género gramatical corresponde a ciertas clases de palabras (el sustantivo, el pronombre) y en español puede ser femenino o masculino. Por esa misma dualidad, cuando el género gramatical alude a seres sexuados, los ubica en una categoría binaria. El género social, por su parte, se refiere a la categoría sociocultural que se relaciona con las identidades y los comportamientos de los sujetos. Suele asociárselo con los estereotipos.

Como muchas otras lenguas, el español es androcéntrico. Fueron hombres quienes hicieron las gramáticas y desarrollaron los diccionarios. Fueron hombres quienes tuvieron el poder para establecer las políticas públicas relacionadas con la lengua. Fue su expresión la que quedó cristalizada como abarcadora.

La cuestión es que el género social de nuestro tiempo ya no acepta el androcentrismo lingüístico tradicional. O no acepta la estereotipia binaria que el género gramatical le impone. Entonces, ni el masculino genérico ni el femenino a secas interpelan a la generalidad.

Desde los ámbitos prescriptivos –que son conservadores por definición–, se ha dicho que no hay necesidad de cambio. Que es una fantasía elucubrar que un cierto colectivo minoritario pueda impulsar semejante transformación de manera deliberada. Que el “niños” de mi Mamaruth es suficiente y no hace falta crear un “niñes” ajeno a la lengua española. Y que tampoco hace falta decir “niños y niñas”. Ni usar equis –”todxs”– ni arrobas –”tod@s”–, que son formas impronunciables.

El uso de la ‘@’, de la ‘x’ y de la vocal ‘e’ tiene estrecha relación no con la lengua per se, sino que con las personas que hacen uso de esta. El empleo de una lengua en una sociedad tiene un componente de poder y quienes ostentan ese poder deciden qué lengua se usará y cómo. A pesar de esto, los sectores minoritarios históricamente se han manifestado con el propósito de tener representación en lo sociolingüístico: los pueblos indígenas levantando su voz y recuperando el uso de sus lenguas, las identidades territoriales relevando el uso de su variedad lingüística y, en la misma línea, las identidades de género exigiendo visibilidad en el habla cotidiana.

Pero además, el uso del lenguaje puede tener un fuerte componente ideológico, elitista, o social, amén de su contenido intelectual, neurolingüistico y emocional. También es un acto político de cada individuo, que sirve para enmarcar una realidad extralingüística y personal para alcanzar los fines comunicativos de cada usuario. El uso del lenguaje es un acto de libertad expresiva. Y cuanto más consciente se torna, más libertad otorga al individuo.

Es desde esta perspectiva también desde la que hay que enfocar el debate sobre el lenguaje inclusivo en nuestra lengua. Sin embargo, para la Real Academia, las palabras son “hechos estrictamente lingüísticos”

La denostación que ha sufrido la incorporación “oficial” del uso de vocablos con el género femenino, y algunos ataques furibundos pueden explicarse desde posiciones patriarcales, elitistas, tan sospechosamente atávicas como poco consistentes porque revelan la falta de un acercamiento transversal a una realidad que necesita y debe ser abordada desde múltiples miradas.

Si ya nadie se sorprende cuando se dice “señoras y señores”, si podemos utilizar genéricos, nombres abstractos y epicenos; substituir el nombre por un pronombre; eludir el sujeto; utilizar perífrasis, hipérboles, y una infinidad de mecanismos lingüísticos, ¿por qué se niega el lenguaje inclusivo en base a la economía del lenguaje o a un mal concebido minimalismo lingüistico?

El lenguaje puede ser económico, como también puede ser hiperbólico, sintético, cómico, sobrio, críptico, o barroco.

¿Por qué se habla de economía y no de cambio social?

¿Por qué se invoca la economía y no las emociones?

Porque ocurre que el lenguaje es algo más. Construimos la realidad usando el lenguaje y el lenguaje a su vez, nos sirve para cambiar la realidad y nuestra forma de enfrentarnos a ella.

Muchos estudios científicos demuestran que los conceptos concretos son mucho más fáciles de aprender y recordar que los abstractos de ahí que el género femenino invisibilizado en el masculino genérico quede también invisible en la vida real.

Ojalá la lengua fuera remedio de la igualdad de derechos. No lo es. Pero sirve para construirla. Las lenguas estructuran las sociedades y la organización del poder.

La lengua no sólo refleja la realidad de una época, sino que sirve para construir el futuro cercano… Pero, sobre todo, apuntala, cimienta estructuras mentales y de pensamiento.

 

Fuentes
https://getpocket.com/explore/item/the-problem-with-hey-guys
https://www.fundeu.es/lenguaje-inclusivo/masculinogenerico.html
http://portal.amelica.org/ameli/jatsRepo/203/203879003/html/index.html

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