ENTREVISTA

Franz Krajnik

El fotógrafo documentalista y profesor de fotografía, Franz Krajnik, deja a un lado su cámara para que echemos un vistazo al mundo a través del lente de sus ojos.

El fotógrafo documentalista y profesor de fotografía, Franz Krajnik, deja a un lado su cámara para que echemos un vistazo al mundo a través del lente de sus ojos. En esta entrevista, hablamos sobre cómo maduró en su carrera, cómo se perfiló hacia el documentalismo y dos de sus proyectos más remarcables.

¿Recuerdas cuando tomaste tu primera foto?

No lo recuerdo pero sí recuerdo un episodio que me impactó mucho. Más o menos a los 13 años yo me llevaba la cámara de mi papá y salía en mi bicicleta a hacer fotos. Me gustaban mucho los autos antiguos, los Mustangs, Corvettes. Y encontré un Mustang del 68, negro, precioso, ahí estacionado. Entonces me bajé de mi bicicleta y tomé una foto con esta cámara automática. Y no me había dado cuenta de que el dueño estaba dentro del carro.

Entonces el dueño sacó la cabeza por la ventana y, amablemente, me recordó a mi madrecita. Yo le pedí disculpas porque no me había dado cuenta, y agarré mi bicicleta y me fui. Pero inmediatamente sentí que el tipo arrancó y me empezó a seguir. Yo estaba con mi bicicleta y el Mustang estaba ahí, detrás. Habrá pensado que le iba a robar o qué sé yo.

Pero se dio toda una persecución. Me fui por unos pasajes medio escondidos hasta que llegué a mi casa. Cerré la puerta y pensé “¡qué paja!”. ¡Me encantó! Esa adrenalina, esa sensación de estar donde nadie debería estar, fue lo que me llevó a irme al lado del fotoperiodismo cuando empecé a estudiar fotografía.

¿Cómo empezó tu carrera en fotografía?

Empecé haciendo trabajitos con una paga muy baja. Fui fotógrafo en la boda de un familiar, me pagaron muy poco pero fue la primera vez que me llamaron “fotógrafo”. También hice el book de una amiga que quería dedicarse al modelaje. Sus amigas lo vieron y me empezaron a contratar también. Así, llegué a trabajar en un estudio fotográfico y, de ahí, pasé a trabajar en una revista. Aprendí un poco de iluminación y producción pero yo quería ir a prensa.

Me habían contratado como editor gráfico en una revista, no ganaba mal, tenía dos fotógrafos a mi cargo. Pero yo quería ir a prensa, así que lo abandoné todo y me fui. Quería aprender más, moverme más. Entré como practicante Ad Honorem al diario Expreso. Me dijeron que estaba loco porque la gente solía entrar Ad Honorem para ganar experiencia y luego tener un trabajo como el que yo tenía en la revista, y que yo estaba haciendo las cosas al revés. Para mí, el reto fue ignorar lo que me decía el resto y enfocarme en lo que yo quería. Tuve que empezar de nuevo, pero empecé feliz.

¿Qué es lo más importante para un fotógrafo documentalista?

La mirada. No se trata solo de tomar bonitas fotos sino de transmitir algo. A mí la prensa me dio la oportunidad de enfrentar distintas situaciones, conocer otras realidad, relacionarme con más personas. Me llenó de humanidad.

¿Cómo compones una fotografía?

A mí no me gusta hablar con la gente. No me gusta dirigir. Para fotografía documental, yo lo que hago es moverme. Yo no lo exijo al otro, me exijo a mí mismo. Bailo alrededor de la persona.

Un ejercicio que le doy a mis alumnos, que me dieron a mí cuando era estudiante, es fotografiar un árbol. Y todo el rollo debe irse en ese árbol. Y ninguna fotografía debe parecerse. Esto implica que el fotógrafo busque perspectivas, que ejercite su mirada. Cuando yo hice el ejercicio, terminé subido en el árbol.

No solo se trata de contar una historia sino de crear un texto visual, con una estética y un estilo cohesivo. Lo que hago dentro del documentalismo es el ensayo fotográfico documental, que es mucho más personal. Cuento lo que veo pero desde una mirada muy personal, que puede llevarme a fijarme en reflejos, por ejemplo, como en el proyecto A Través de mi Ventana.

¿Cómo inició el proyecto de Uchuraccay?

Todos mis trabajos tienen conceptos, mi manera de trabajar es esa: ir con la cámara entendiendo todo eso. El proyecto de Uchuraccay se basó en la muerte, la pérdida y la memoria. Como fotoperiodista, creo que todos nos hacemos la pregunta de qué pasó el 26 de enero del 83 con los colegas periodistas que fueron asesinados ahí, todos terminan siendo mártires del periodismo. Es una incógnita y yo también tuve esa misma incógnita.

Incluso hablé con Óscar Retto, el papá de Willy Retto (uno de los periodistas asesinados). Pero como documentalista, mi mirada cambió. Dejé de interesarme tanto en qué pasó con los periodistas y empecé a interesarme en qué pasó con los pobladores de Uchuraccay en esos años que han venido después porque no solo fallecieron los 8 periodistas sino más de una centena de campesinos de una población de 470.

Leí el informe de la Comisión de la Verdad y ahí dice que ellos fueron perseguidos y asesinados por los de Sendero y los militares, posterior a la matanza de los periodistas. Dejaron el pueblo por unos 10 años y luego retornaron a reconstruir su vida, a reconstruir su pueblo.

Entonces esa historia es la que me interesó, esa historia es la que me llamó la atención. Por eso es que me provocó ir y conocerlos. Tuve esa sensación por un tiempo hasta que algo pasó en mi vida también. Vivía en Andahuaylas en ese entonces hasta que algo se quebró y necesité escaparme. Me escapé de frente a Ayacucho y no tenía ningún contacto ahí, solo a alguien de la República y ni lo conocía en persona.

Pero conocí a un contacto clave en otra ciudad que me llevó a Uchuraccay. Así empecé a visitar el pueblo. Para entender lo que pasó ahí hay que conocer el contexto. Es una historia larga pero, resumiendo, ellos le habían declarado la guerra a Sendero al darse cuenta de sus tácticas violentistas y por celos, ya que en una noche los Senderistas convocaron a reunión a todas las mujeres del pueblo y los hombres los echaron. Entonces Sendero asesina al alcalde y, en venganza, los pobladores asesinan a una cuadrilla de 5 senderistas. Dentro de la comunidad también había campesinos que habían apoyado a los senderistas, por lo que también se empiezan a pelear entre ellos.

Es en medio de todo este caos que llegan los periodistas. Es necesario entender todo este tema de fondo antes de juzgar a los mismos pobladores.

¿Cómo empezaste a tomar las fotos de Uchuraccay?

Tuve una reunión con mi contacto y los pobladores, donde respondí sus preguntas y les expliqué que estaba con la cámara, que quería tomar fotos y que me interesaban las historias de ellos. Solicité el permiso para tomar las fotos y me aceptaron. Las primeras fotos las tomé justo cuando ya se acababa la reunión.

Ese día me preguntaron que cuántos días me quería quedar y dije que como 5 días. Me miraron como diciendo “Bueeeno, vamos a ver”. Ese día me llevaron a ver unas lagunas. Yo sabía que había una cruz que habían puesto los familiares de los periodistas. Mi contacto me dijo que ya no había nada más que ver porque ya había visto las lagunas, el pueblo y la cruz, y que había un bus que podía llevarme de vuelta a casa. Yo entendí la indirecta. Me estaban diciendo gracias, cuídate, chau, chau.

Yo dije que regresaría en octubre ya que sabía que habría una celebración. La primera vez que fui, entonces, me quedé dos días, solo una noche. La siguiente vez, fui preparado para más tiempo. Cada vez que iba, me recibía el alcalde. Él se hace cargo del visitante porque no hay turismo ni hoteles. Los viajes se empezaron a hacer de 2 semanas, algunos de 3.

¿Qué llevaste durante tus viajes?

En mi primer viaje, fui como fotoperiodista. Llevé mi cámara, un lente triangular, un 16-35, llevé un 17-40, un lente de 50 mm, y un tele 70-200. Con un chaleco grande, pesado, y la cámara era grande. Ese es el equipo básico de un fotoperiodista.

En el segundo viaje, había decidido no fotografiar con tanto angular. Igual llevé mi 17-40 pero lo dejé solamente en 40 mm, y por si acaso llevé el tele pero no lo usé nunca. A partir del tercer viaje, me di cuenta de que el proyecto ya lo estaba haciendo solo con un lente, el de 40 mm.

Tenía una cámara nueva, ya no de fotoperiodistas sino de documentalista. Ya no era una cámara gigante de 10 fotos por segundo sino una más lenta pero de mayor calidad. Todo el proyecto lo hice con una cámara y el lente de 40 mm. Viajé más ligero.

¿Qué significó el proyecto de Uchuraccay para ti?

El curador de mi exposición fue el crítico de arte Jorge Villacorta, y él describió este proyecto como en el que gano mi madurez como fotógrafo y realmente me sentí así cuando terminé este proyecto.

Yo empecé el proyecto como fotoperiodista y, 5 años después, lo terminé como documentalista. Luego de acompañarme por 5 años ya había decidido cuáles iban a ser mis temas, qué me gusta, qué quiero hacer. Aprendí a construir proyectos con un sentido narrativo a largo plazo. A nivel profesional y personal, influyó mucho.

¿Cómo decidiste que era hora de concluir?

Mi papá siempre me ha dicho que los proyectos nunca se terminan, tú tienes que interrumpirlos porque ya estás satisfecho con lo que has hecho o porque los vas a abandonar. Finalmente, es una decisión personal. Al cabo de 5 años, ya había pasado por ese proceso donde sentía que había madurado el material, yo también, ya había construido el libro… el libro no lo construí al final, sino que yo, en cada viaje, había impreso las fotos que más me gustaban y las tenía pegadas en una plancha de edición, que es una plancha de metal con imanes. Ahí es donde sentí que el proyecto pesaba, que tenía fuerza.

Cuando gané el Courret, la gente me decía que ya podía cambiar de tema. Pero yo aún sentía que le faltaba más. Sentía una responsabilidad también. Ganar el Courret me dio a entender que el proyecto era más grande de lo que yo tuviese que decir. Podía hacer que el país conociera la historia de Uchuraccay. Insistí en seguir con el proyecto.

Cuando pasaron los 5 años desde que inicié, decidí dejar de ir al pueblo. Mi último viaje fue para conmemorar algo insólito: el Ministerio de Justicia estaba apoyando a la comunidad para plantar 135 árboles en memoria de los 135 campesinos asesinados. Ese es el primer ejercicio de memoria por y hacia los pobladores, los ciudadanos.

¿Cómo empezaste A Través de mi Ventana?

Cuando el presidente anuncia la cuarentena, yo no estaba pensando en hacer un proyecto sobre la pandemia. Yo ya antes estaba interesado en explorar los procesos analógicos. Cuando empezó la cuarentena, pensé en dedicarme a revelar mis fotos pero me acabé mis químicos en dos semanas. Según yo, cuando acabase la cuarentena, iría por más… pero la cuarentena no acabó nunca, se extendió.

No tenía químicos, empezaron las clases, estaba encerrado en casa con mi familia. La angustia del confinamiento me llevó a mirar por mi ventana. Al mirar, me di cuenta de que la gente afuera tenía el mismo miedo que yo. Se convirtió en una obsesión. Me despertaba e iba a la ventana a ver si algo había cambiado. Fue un juego estético, también, porque había muchos reflejos y era un reto encontrar una imagen dentro de este sándwich de imágenes.

Además, siempre leía las noticias, y estas nutrían mis imágenes. Las noticias decían que había menos monóxido de carbono y me empecé a fijar en el cielo, las nubes, el aire a contraluz. No hay ventanas a la calle en mi oficina así que, cuando daba clases, daba un break e iba a tomar fotos.

De cierta forma, este proyecto fue terapéutico. Empiezo a fijarme en lo que está afuera, escapando de casa. Y, luego, con los reflejos, empiezo poco a poco a volver la mirada hacia dentro. Y, con el tiempo, ya no seguí acercándome a la ventana, sino que fotografié mi hogar: a mi mujer, a mis hijos, afrontando esto juntos, como familia.

El último proyecto de Franz Krajnik es el de la Plaza de Acho que, debido a las circunstancia, abrió sus puertas a un público diferente. Gracias a la Municipalidad y la Beneficencia de Lima, se convirtió en la Casa de Todos, dando cobijo a personas sin techo.

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